Cuento perruno de navidad…
Erase una vez, en una pequeña ciudad, una tienda de animales, en la que vivía un pequeño perrito, al que nadie había querido comprar hasta entonces, pues no era de pura raza.
Los dueños de la tienda se encariñaron con él, así que habían decidido que se quedara con ellos, y así, tal vez alguien quisiera comprarlo y llevárselo.
El pequeño perrito intentaba agradar a todos cuantos se paraban a mirar a través del cristal del escaparate, donde solía pasar la mayor parte del tiempo. Hacía volteretas, cabriolas y ladraba elevando las orejas. Se volvía loco de alegría cuando veía que alguien entraba y se interesaba por él. Aunque esa alegría eran siempre nubes pasajeras, ya que parecía que finalmente nadie quería aceptarle y ser su amo, su amigo.
El tiempo pasaba y él se sentía cada vez más triste y desdichado...
Pero cierto día, se paró delante del escaparate una preciosa niña, y el perrito, al verla se sintió contentísimo. Algo le había llamado especialmente la atención en ella, y era su intensa mirada. La niña se quedó prendada y enamorada del gracioso perrito, por lo que se fue corriendo a su casa, a pedirles a sus padres que se lo compraran. Ante su insistencia y entusiasmo, estos fueron con la niña a la tienda, y aunque no les desagradó el animalito, argumentaron que ya no era un cachorrito, y que era un poco viejo para ser su mascota, así que, a pesar de los deseos de la niña, y la profunda desilusión del perrito, no se lo llevaron a casa con ellos.
Así, una vez más, se quedó nuevamente solo, y aunque sus dueños no lo trataban mal, ya que le daban de comer y un lugar para dormir, apenas jugaban con él, por lo que se sentía muy triste y desgraciado. Necesitaba el cariño de alguien y también alguien a quien querer y dar su amor. Pensaba mucho en la pequeña niña que vino a verle. En sus grandes ojos llenos de alegría.
El perrito se pasaba el día tendido en un rincón del escaparate de la tienda, mirando melancólicamente a la calle, con la esperanza de poder volver a verla. Pero los días pasaban, y ella no volvió a aparecer...
Pero para su enorme sorpresa, algunas semanas después, la niña volvió a la tienda, a escondidas de sus padres. Sin que los dueños de la tienda se dieran cuenta, le dio unas galletitas.
El perrito iba a volverse loco de alegría, ladrando y moviendo la cola, dando unos graciosos saltos y brincos.
- “No por favor, no ladres, que tus amos se van a dar cuenta”, le dijo la niña, indicándole que se estuviera quieto y callado. – “Si me ven, lo mismo no me dejarán jugar más contigo”, le susurraba al perrito mientras le acariciaba.
A partir de entonces, se hicieron grandes amigos, y cada vez que la niña podía, iba a verle a la tienda, donde seguía en el escaparate o bien sujeto a una correa, sin poder salir a la calle, algo que deseaba con todas sus fuerzas, sobre todo cuando la niña se marchaba y él se quedaba solo.
Lo pasaban muy bien juntos, pero cada vez que se separaban, ambos se sentían tristes, pero albergaban la esperanza de que algún día el perrito se escapara de la tienda, y así poder estar juntos.
Sin que nadie se percatase, el perrito, poco a poco, día a día, fue aflojando los pernos de la base donde ataban su cadena. Albergaba la idea de poder escaparse algún día y poder correr hasta su amiguita para estar juntos. Esa ilusión hacía que se sintiera un poco más vivo.
Pero cierto día de verano, cuando la niña vino a verle, la notó algo extraña, distinta. Su instinto le decía que pasaba algo, pero no lo entendía. Se sentía algo confuso. La niña le dijo que había encontrado otro perro, y que sus padres lo habían aceptado en su casa, pero que no obstante, ella solo le quería a él, y que por nada del mundo lo cambiaría por el otro, ni le iba a abandonar. Siempre estaría esperándole y no importaba lo que tardase.
Ese día, el pequeño perrito se sintió extrañamente triste, pues su instinto le indicaba que algo se estaba rompiendo entre los dos, que ella se estaba alejando. No se lo ocultó a la niña, y se lo dio a entender cuando esta volvió a verle, pero ella le tranquilizó, diciéndole que ella solo le daba de comer al otro perro, pero que no le gustaba mucho ni le quería como le quería a él.
Desde ese día, el perrito hizo todo lo posible por romper la cadena que lo sujetaba, con lo que se ganó varias reprimendas y golpes de sus amos. Cada vez que la niña venía a verle, intentaba estar especialmente cariñoso con ella, y procuraba hacerla saber, que muy pronto conseguiría escaparse, y podría estar al fin junto a ella.

Presentía algo extraño, que le inquietaba, que le robaba el tiempo, pues aunque su amiguita seguía viniendo a verle y jugaba con él, cada vez eran menos las veces, y menos el tiempo que pasaba con él. Empezó a poner excusas de que no tenía tiempo o que los padres la regañaban.
Cierta tarde, estando el perrito como siempre mirando a la calle a través del escaparate de la tienda, vio con tristeza y cierta frustración, como la niña pasaba por la acera de enfrente paseando alegremente a otro perro. Se sintió verdaderamente desolado y no sabía qué hacer. Arañó el cristal con todas sus fuerzas, y gimiendo y ladrando, trató de llamar la atención de su amiga. Sus aullidos no sirvieron de nada, salvo para que el dueño se enfadara con él y le diera un par de patadas. La niña, sin mirar para la tienda, dobló una esquina y desapareció de su vista. El pobre perrito no entendía nada...
Esa noche, le invadió una gran pena y sintió que no quería seguir viviendo. Se quedó muy triste, mientras unas ardientes lágrimas le brotaban de sus grandes ojos. Unos ojos que en otros momentos reflejaban tanta alegría y amor. Se sintió roto...
Lloró y aulló desconsoladamente toda la noche. En los días siguientes se negaba a comer lo que sus amos le ponían. Sus tristeza conmovió incluso a sus amos, aunque estos no llegaban a comprender el porqué de su estado de ánimo.
Pasaron varias semanas, hasta que un día, la niña volvió a presentarse en la tienda. Quería volver a jugar con el perrito, pero éste, estaba apagado y triste. La niña, extrañada le preguntó que le pasaba. Él le contó que la había visto una noche con el otro perro, y que no comprendía porque lo había ignorado. Le dijo como de mal se había sentido, aunque omitió que había llorado mucho por ella.
- “lo siento mucho, y lo comprendo...” – le dijo la niña, -“pero piensa que yo también me siento desgraciada al no poder jugar contigo todo el día. A mi también me gustaría que estuvieras en mi casa, conmigo”. Le dijo que también le dolía ver como él jugaba con sus amos, cuando éstos le sacaba alguna vez a la calle, cuando le hubiese gustado hacerlo ella en su lugar. Además, sus padres no la permitían tenerle a él en su casa, y más aún teniendo ahora otro perro, de raza extranjera y más joven que él y que les hacía compañía.
Pero de cualquier forma, la niña de dio a entender, que le quería solo a él, repitiéndole que siempre le estaría esperando con ilusión. Al oír todo esto, el perrito recuperó un poco de su esperanza y volvió a brillar en sus ojos la luz de la felicidad. Movía su cola y lamía la mano y cara de su amiguita, mostrándole así su afecto y amor.
La niña se marchó ese día y pasó el tiempo. No volvió a saber nada más de ella, que al parecer, se había olvidado por completo de su amiguito.

Se acercaba ya el frío invierno, y la niña siguió sin dar señales, por lo que el perrito, desesperado por no tener noticias suyas, logró, tras un enorme esfuerzo, romper sus cadenas. En el intento se produjo varias heridas profundas en el hocico y cuello. Aprovechando la oscuridad de la noche, logró huir de la tienda, emprendiendo la búsqueda de su amiguita.
Ahora se sentía el perro más feliz del mundo, pues muy pronto iba a dar con su amiguita y se quedaría con ella, su verdadera dueña. Al menos la dueña de su pequeño corazón. Y si los padres de ella no le aceptaban en un principio, él ya sabría que hacer para ganarse su cariño y confianza. Estaba seguro que, cuando le conocieran de verdad, también le brindarían su cariño y amor. Sabría ganarse su simpatía y confianza.
Hacía mucho frío esa noche y había comenzado a nevar. Los primeros copos de nieve cubrían ya las calles, los árboles y tejados de las casas, pintándolo todo de un extraño manto blanco. Las chimeneas, encaramadas en lo alto de los tejados, dejaban libres blancas estelas de humo y olía a leña quemada en los hogares.
El perrito vagó por las calles durante muchas horas, y el frío y el hambre comenzaron a hacer mella en su inicial entusiasmo. Pero no se iba a dar por vencido. No sabía muy bien por donde buscar a su amiguita, pero tenía plena confianza en que la encontraría pronto... Esquivó un par de veces el coche de la perrera, y estuvo a punto de ser atropellado por un coche, pero siguió adelante, ajeno al desaliento.
Así llevaba ya varios días caminando sin rumbo, y esa noche las patas ya le dolían mucho y habían comenzado a sangrar debido al frío y al cortante hielo de la calzada. También las heridas del cuello tenían mal aspecto. Tenía fiebre y caminaba ya muy cansado y despacio, con dificultad, pero no podía parar.
Una joven muchacha, al verle, le llamó y él acudió caminando lentamente. La chica, viendo su lamentable aspecto, todo sucio y demacrado, le ofreció algo que comer, que aceptó agradecido, pues el hambre apenas le permitía tenerse ya en pie. Se dejó acariciar el lomo y las orejas, ya que un poco de calor humano no le venía mal. La chica le invitó a que la siguiera, pero él, mirándola fijamente un momento, se volvió y se alejó lentamente de ella. Se sentía agradecido, pero debía seguir su búsqueda. A pesar del dolor, siguió su camino, casi arrastrándose por las oscuras calles de la ciudad, tratando de encontrar un rastro que le llevara finalmente hasta su amiguita querida.
Al cabo de errar por muchas calles y caminos, creyó percibir un olor que le era extrañamente conocido. Provenía de una bonita casa, y que a través de una de sus ventanas se podía observar a una familia alrededor de un fastuoso y brillante árbol de navidad. Y una de esas personas era la niña, su amiguita del alma...
A pesar de sus heridas, el perrito aceleró como pudo sus pasos, igual que se había acelerado su corazón al verla a ella. Se dirigió a la puerta de la casa, y comenzó a arañarla y a ladrar, moviendo al mismo tiempo la cola con gran excitación. Trataba de llamar la atención de la niña. Nadie pareció haberle oído, pero al rato de insistir, se abrió la puerta y apreció una señora que, al verle, hizo unos gestos de desagrado, y tras dirigirle algunas sucias palabras, le dio una patada que le lanzó a la acera, cerrando luego la puerta.
El perrito gimió de dolor, levantándose con las pocas fuerzas que aún le quedaban. A pesar de todo, no se desanimó, y penosamente se arrastró como pudo hacia una de las grandes ventanas, y tras un gran esfuerzo, se asomó a ella. Lo justo para poder mirar hacia dentro... Cuando lo logró, y por fin pudo ver más de cerca a su querida amiguita a través del cristal de la ventana, su pequeño y fatigado corazón pareció quebrarse y su frágil alma se hundió en la más oscura tristeza...
Permaneció así un buen rato, asomado a la ventana y gimiendo, mientras observaba a su amiguita jugar alegremente con el otro perro, que se revolcaba sobre la espaciosa y cálida alfombra al pie de la chimenea. Mientras, los padres de la niña, reían todas las gracias el perro hacía.
Dos grandes lágrimas surgieron de los negros ojos del perrito, que le corrieron por la cara, como dos ardientes regueros de fuego. Gimió lastimosamente, y comprendió que todo lo que había luchado y sufrido por ella, había sido en vano. El le había entregado todo su cariño y amor, de forma incondicional, y ahora que estaba libre, y cuando más la necesitaba, ella le abandonaba...
Lentamente se volvió sobre sus pasos, y con la mirada triste y vacía, con su corazón roto, se dirigió a la calle, mientras que de sus ojos seguían brotando las lágrimas.
Ya no le importaba el frío, ni la nieve ni el dolor de sus heridas. Ya nada le importaba. Con el rabo abatido, se dirigió lentamente, casi arrastrando sus patas hacia la oscura carretera. No vio las luces, ni oyó el rugir del motor del camión que se acercaba... o quizás, ya no quiso oírlo.
En la oscura y fría noche, se escuchó un último, estremecedor y angustioso gemido.
La sangre caliente manchó la inmaculada nieve, mientras un profundo y triste suspiro se mezcló con el silencio...
Sus últimos pensamientos fueron para ella, aunque ella nunca lo sabría....
Luego,... solo el blanco y frío silencio de la noche eterna...


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