miércoles, 27 de agosto de 2014

Inscripciones nuevo curso

Ponemos en conocimiento de todos los padres y alumnos que, la inscripción para las clases de Kung-fu Shaolin de la nueva temporada, se abren mañana.

Todo el interesado/a puede pasarse por la oficina y formalizar su inscripción. 

Señalamos también la necesidad de mirar los horarios y nuevas mensualidades.

Esperamos poder volver a contar con todos vosotros y seguir trabajando para, un año más, mantener el excelente nivel y prestigio de nuestra escuela.

Un cordial saludo

Shi Yan Jia

lunes, 11 de agosto de 2014

Horarios Septiembre

A continuación detallamos los horarios de las actividades de la escuela:

LUNES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin (Nuevo)
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

MARTES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Taichichuan/Qi-gong
20:00 a 21:30 - Duanbing
21:45 a 22:30 - Meditación

MIERCOLES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

JUEVES
10:00 a 11:30 - Kick-boxing
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Taichichuan/Qi-gong
20:00 a 21:30 - Duanbing
21:45 a 22:30 - Meditación / Chan

VIERNES
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

SABADOS
10:00 a 13:00 - Cursos y entrenamientos especiales

En octubre, podrá haber ajustes de horarios y la apertura de un nuevo grupo de niños.
Cualquier actividad necesita de un mínimo de 5 personas para poder formar grupo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Un extranjero en Shaolin

            Aunque ya había estado una quincena de veces en el templo –cada vez con duraciones distintas- no dejaba de sorprenderme este lugar, por sus múltiples facetas, a veces hasta contradictorias. Digo quince veces las que he viajado a China, aunque obviamente he estado en muchas más ocasiones en el monasterio.

            Este año, llevaba ya más de un mes aquí, solo, sin grupo de alumnos y me había adaptado bastante bien al ritmo de trabajo de los monjes, aunque con marcadas diferencias al ser yo extranjero. Mi carga de entrenamiento no era ni de lejos la que tenían ellos cada día. Yo solía entrenar a lo sumo 4, quizás 5 horas al día y nunca con la intensidad que ellos. Ya estaba un poco mayor para esos saltos. Mis maestros tenían eso muy en cuenta al planificar lo que me iban a enseñar. Ahora tocaba explorar lo profundo de Shaolin…
            Afortunadamente me vi recompensado en mis deseos más profundos de poder conocer algo del Xin Yi Ba tradicional, un antiguo estilo de Shaolin, englobado en el Chanwuyi del maestro  Wu Gulun, que practicaban y enseñaban los maestros Shi DeJian, Wu Nan Fang o mi maestro Shi Yan Ao. Me fascinaba este trabajo marcial desde la primera vez que lo vi. Y ahora, por complejas circunstancias de la vida, estaba aprendiendo con unos de estos maestros. Para mí, era un premio, un verdadero regalo…

            La vida cotidiana en el monasterio, a pesar de cierta rutina con los entrenamientos y las ceremonias litúrgicas propias del budismo Ch’an, no era ni mucho menos aburrida o monótona para mí. Todo era nuevo, incluso relevante. Siempre descubría matices, sabores, colores, aspectos distintos que lo hacían todo interesante. El mismo camino de venir todos los días al templo desde mi residencia en la aldea cercana –unos 800 metros- suponía un agradable paseo, en el que siempre me encontraba con experiencias interesantes. Desde la observación de la naturaleza salvaje, con sus curiosos bichos e insectos, algunos autóctonos y únicos de la zona, hasta la relación con los campesinos que me encontraba casi todos los días en sus labores, y que ya me saludaban. Un anciano muy simpático al que acabé llamando “Paco” porque no le entendía muy bien su acento del lugar cuando me decía su nombre, me lo encontraba casi todos los días bajando con su cacharro motorizado –una mezcla de moto, tractor y carro- cargado hasta los topes de cosas. Nos reíamos mutuamente, no sé muy bien de qué, cuando nos saludamos. A mí me hacía gracia su aspecto, con cara redonda, de piel muy curtida y quemada por el sol, sus pequeños ojillos y su sonrisa sonora, que cuando abría la boca, dejaba a la vista el único diente que tenía… Buen tipo y muy amable. En dos ocasiones me regaló una pequeña bolsa con fruta, un gesto que agradecí muchísimo.

            Como he mencionado antes, el camino hacia el templo, suponía una forma de meditación para mí; Un momento de reflexión serena y pausada acerca de las cientos de experiencias que estaba viviendo. Un trayecto que a lo sumo tardaba unos 15 o 20 minutos en recorrer cuando era cuesta abajo, y una media hora al regreso, por ser cuesta arriba y por estar ya cansado del entrenamiento. En alguna ocasión, el chico que conducía uno de los coches eléctricos que llevaba los turistas desde la entrada hasta Shaolin, y que por las tardes estaba muchas veces en la puerta del restaurante donde solía cenar, se ofreció a llevarme. Como casi todos los chinos, una vez que entablan conversación contigo, ya son amigos y te tratan de una forma muy especial. Cuando una de las veces llegamos a la aldea, justo en la puerta del restaurante había un grupo de gente reunida, que debían ser amigos de este chico. Enseguida me presentó a todos como si yo fuera amigo suyo de toda la vida. Sentirse como una especie de atracción para los chinos del lugar, era una sensación cuanto menos, curiosa.

            Estos recorridos que solía hacer cuatro veces al día, se redujeron a dos, pues el abad del templo decidió permitirme quedarme a almorzar con los monjes en el Caitang, el comedor colectivo de Shaolin. En realidad yo no lo había pedido, así que para mí, fue un privilegio más. Eso me permitió quedarme más tiempo en el templo, además en las horas en que había una masiva afluencia de turistas. Mi maestro Yan Ao comentó algo a otro monje acerca de mi facilidad con los idiomas, y al día siguiente llegó el Sr. Wang Yu Ming, una especie de representante ante la oficina de turismo del monasterio y jefe de la oficina CITS de Dengfeng, y me comentó si estaba interesado en ayudar en ciertas labores de guía del templo. Le dije que por supuesto podría ayudar en lo que estuviera a mi alcance.
            Así, a los pocos días me vi acompañando a uno de los guías turísticos y a un pequeño grupo de visitantes españoles que venían con él. Fue una experiencia muy curiosa, aunque con matices un poco desagradables. Cuando mi maestro me dijo que eran españoles, me alegré mucho y acudía  la puerta principal a recibirles. Amablemente les saludé y les pregunté si eran españoles y de dónde. Pero para mi sorpresa, un señor un poco estirado y muy seco, me contestó que no, que no eran españoles sino catalanes. Me embargó una extraña sensación mezcla de tristeza y enojo, porque mucha gente no sabe lo que es encontrarte en lugares tan lejanos con gente de tu mismo país y que te hablen mal de él. Sientes alegría de encontrarte con paisanos y son en momentos así, donde te das cuenta de tu origen, de tus raíces. Eso solo lo saben los que han estado trabajando fuera en el extranjero. Lo saben y sienten los que han oído el himno nacional mientras subían a un podio en el extranjero. Algo muy curioso porque estando en España, no había percibido nunca esa extraña emoción ni era un fanático de la bandera. Ni siquiera me alteraban las cuestiones independentistas, fueran de donde fueran.
Así que el encuentro con estas personas, creo que bastante ignorantes, no fue muy grato. No tenían relación alguna con las artes marciales ni con Shaolin. Solo estaban de paso en visita turística con una agencia. Eso sí, se sorprendieron bastante de encontrarse con un monje extranjero explicándoles las diferentes cosas relacionadas con el templo. Y más aún –aunque no les agradara demasiado- que ese monje fuera español.
Así tuve la ocasión de acompañar a diversos grupos turísticos por su recorrido por el templo, ayudando al guía oficial a traducir o explicar detalles que yo conocía y él no. Fue una experiencia muy gratificante, pues me permitió poner un poco al día mi conocimiento de los varios idiomas que sabía.
Esto me recordó una curiosa anécdota que me ocurrió en uno de mis primeros viajes a China…
Estaba con un grupo de turistas en un tour por el país y en ese día tocaba la visita a Shaolin prevista en el itinerario. A la hora del almuerzo, preferí quedarme con la guía del grupo, en vez de irme con el resto a comer al restaurante del Wushuguan cercano. Normalmente, los guías de grupos no pueden almorzar con ellos y deben hacerlo en un lugar aparte, habilitado especialmente para ellos, donde la comida es realmente diferente.
En esta ocasión, me encontré almorzando en un pequeño comedor, justo al lado de la cocina, desprovisto de todo tipo de decoración y con apenas media docena de mesas y en compañía de seis o siete guías turísticos. Todos estaban almorzando y les sorprendió gratamente mi presencia, pues enseguida comenzaron a preguntarme cosas, pero sobretodo  mi razón de comer allí y no con los turistas en el comedor principal. Mi guía, la señorita Yan, muy simpática y amable, enseguida les comentó algunos detalles sobre mí, entre ellos el hecho de que yo hablara varios idiomas. Eso enseguida les entusiasmó y comenzaron todos a hacerme preguntas en el idioma que cada uno de ellos dominaba (más o menos). Cada uno deseaba probar su nivel y a la vez se asombraban de cómo alguien pudiera hablar tantos idiomas. Era de locos; Cinco personas, cada uno preguntándome cosas en un idioma distinto y yo tratando de contestarles a todos. Así me vi metido de lleno en una tormenta de preguntas en inglés, francés, alemán, italiano y español, todos a la vez. ¡Qué lío!... pero tremendamente divertido. Todos se reían a carcajadas e insistían en invitarme a tomar algo. Mi amiga Yan se notaba que se sentía orgullosa, como si yo fuera algo suyo… eso aumentaba enormemente su Guanxi, su prestigio.

Cierto día, por la mañana y justo antes de empezar mi entrenamiento con Liu Chen, llegó el maestro Shi Yong Zhi y estuvo hablando con mi maestro. Parecía que estaban hablando de mí, cosa que ya daba por normal. Al rato mi maestro me llamó y me comentó el tema de conversación. Por lo visto, al día siguiente llegaría un importante grupo de visitantes chinos, algo relacionado con el gobierno, y los monjes iban a realizar una exhibición, incluido mi maestro. Me pidió si yo quería hacer también algo en esa exhibición a lo que contesté que mi nivel era ridículo comparado con los monjes y que no quería dejar en mal lugar al templo. Pareció enfadarse un poco y me dijo que no había nada que comparar, que yo sabía hacer cosas muy bien. Que podía hacer un rompimiento de Qi-gong, cosa que les gustaba mucho ver a los chinos. Y que sería un honor para él si yo participaba. Además, que la sugerencia había partido del maestro Shi Yong Zhi. En realidad el honor era mío, por brindarme esa oportunidad, que jamás en la vida me lo hubiera imaginado.

Así me vi embarcado en esta experiencia, que me quitó un poco el sueño esa noche. Para mí era una enorme responsabilidad salir ahí, ante no sé cuantos espectadores y hacer una demostración. Aunque tenía la completa seguridad de que podía hacerlo y de que no fallaría, el escenario era algo distinto a cualquier otra exhibición que hubiera hecho antes. Por definirlo de otra manera, era como decir misa en el vaticano.

Al día siguiente, sobre las 12 del mediodía ya estábamos preparados un nutrido grupo de monjes, auténticos atletas y guerreros y yo, tras el edificio que servía como sala de entrenamiento y ocasionalmente para hacer exhibiciones. Escuchaba el murmullo de la gente que había visto entrar hacía un rato, acompañados por la clásica parafernalia china de los actos oficiales.

Desde un lateral del escenario, podía ver a parte del público, que superaba el centenar, todos ataviados con sus trajes y sus flores en la solapa. Había también varios monjes de alto rango que yo no conocía, así que debían ser también visitantes. Y desde ahí pude ir apreciando las diferentes actuaciones que los monjes iban realizando uno tras otro.  El nivel era impresionante, sin duda. Me sobrecogió una de las actuaciones en que un monje se llevó hasta tres golpes en la cabeza hasta que, sin inmutarse, rompió el durísimo palo. Cuando me tocó a mí, respiré hondo y salí con paso firme al escenario. De inmediato se pudo oír un gran murmullo que dio paso a un silencio tremendo. Pero yo ya no veía a nadie. Estaba completamente centrado en mi ejercicio. Comencé a realizar las respiraciones de canalización del Qi, exagerando un poco los gestos, como les gustaba a los chinos –no dejaba de ser un espectáculo- y me preparé las 3 barras de hierro que me entregó Liu Chen. Pude apreciar multitud de flashes disparando y sentir el aumento del murmullo. Pero no importó mucho…
Durante este ejercicio, mi mente desaparece, mi físico se vuelve uno con la materia, el tiempo se distorsiona, se vuelve lento y una explosión de energía rompe en varios trozos el metal contra mi cabeza…

Ni un rasguño y sí una amplia sonrisa en mi rostro. Un sonoro y prolongado aplauso llenó la sala, mucho más fuerte que el que brindaron a los demás monjes durante sus demostraciones. Yo creo que yo estaba más alucinado que los chinos. Cuando terminó la demostración, llegaron un grupo de chinos, incluidas algunas señoras para felicitarme efusivamente. Incluso una llegó a pedirme que le enseñara mi cabeza y me hizo una foto en la calva. Yo me sentía abrumado. No sabía qué decir y solo les daba una y otra vez las gracias. No era para tanto. Cualquier monje de allí era mucho mejor que yo, sin duda, pero claro, yo era extranjero. Hubo fotos de la prensa y de las muchas decenas de visitantes que quisieron hacerse una instantánea, no solo con el grupo de monjes de la exhibición, sino con el monje extranjero. Era la primera vez que ocurría algo así.
Yo me sentía eufórico, lleno de alegría y esa alegría era compartida por todo el grupo de monjes que realizaron la exhibición. Si bien al principio y antes de la actuación, muchos se mostraban muy reservados, incluso esquivos y recelosos, ahora era todo palmadas y felicitaciones. Todos sonreían y estaban contentos. Era la primera vez que me sentía plenamente uno de ellos, como perteneciente en todos los sentidos a ese lugar. Sin duda me habían aceptado completamente como parte de Shaolin…


Al día siguiente, Liu Chen me trajo un periódico en el que salía una foto del rompimiento de las barras de hierro sobre mi cabeza. ¡Había sido la noticia local! Lástima que perdiera ese documento, que era un hermoso recuerdo para mí de esa experiencia. Esto lo contaba en mi país, y seguro que no me creían. Pero el mejor recuerdo había sido el haber podido participar en una exhibición realizada por los monjes, como uno más de ellos, en la misma cuna de las artes marciales chinas; En Shaolin. Eso no lo olvidaré nunca. Ya formaba parte de la historia de ese lugar…

miércoles, 6 de agosto de 2014

Ceremonia Budista...(2004)


Ceremonia budista de Shi Yan Jia (templo Shaolin 2004)
   No sé cuantos años hace ya que sigo el camino budista del Mahayana, del Ch’an, pues de alguna manera –tal y como explicó hace poco durante una conversación mi alumna Eva en mi escuela de España- ya llevaba dentro de mí esa semilla, que sólo tuve que sacar fuera, a mi vida cotidiana. En el budismo encontré hace muchos años un reflejo de mi propia manera de pensar, de sentir, de comprender la vida. Y lo que iba descubriendo me iba llenando cada vez más, me liberaba de estructuras fuertemente arraigadas en mí ser y que no me dejaban asirme a la libertad. Poco a poco esto ha ido echando raíces en mi corazón y mente, llevándome a un progresivo y profundo cambio interior, que ha estructurado otra manera de pensar. Así fui adentrándome poco a poco en el camino, en el Dharma, lo que culminó hace ya algunos años –en Abril del 2004- en mi ceremonia budista para convertirme en monje consagrado o monje budista de Shaolin. Ese día fue de alguna manera muy memorable; un día que recordaré siempre en mí mente como un día –paradójicamente- normal, aunque las circunstancias fueron excepcionales.
Un día que, de alguna manera era como una bifurcación, un cruce de caminos, en el que debía tomar una dirección u otra. No cabía la inmovilidad, el dejarse llevar por la corriente de los acontecimientos.
Pocos días antes, mi amigo Chen Zhanqiang me habló de que el Abad del templo Shaolin deseaba conocerme en persona, pues sabía de mí y de mi trabajo a través de mis Maestros del templo con los que yo aprendía cada vez que acudía allí. Conocía todo mi historial, pero a pesar de habernos visto en varias ocasiones, nunca tuve la oportunidad de hablar con él. Shi Yong Xin era el actual Abad del templo, y yo, desde siempre le había visto más como un representante “oficial” del mismo, que como un monje. Siempre iba rodeado de otros monjes cuando acudía a actos oficiales. Era sin duda una autoridad con mucha relevancia, incluso a nivel político nacional, donde representaba la comunidad budista ante la asamblea nacional. De esta manera, la verdad es que tenía más una idea intelectualizada que real de su persona. Le veía casi como alguien inalcanzable, un símbolo de Shaolin, alejado de la práctica que me interesaba, por lo que mi interés por conocerle nunca fue demasiado evidente. Así que esta propuesta me sorprendió gratamente. Significaba que mi trabajo y esfuerzo de años habían sido observados y analizados. Y ahora, sin buscarlo de forma consciente, llegaba a mí la oportunidad de adentrarme en un compromiso serio y profundo con el camino budista que había elegido. Era la oportunidad de formar parte de este sitio tan especial y mítico. Y formar parte de una manera real, y no solo como visitante ocasional.
Aunque en un primer momento mi respuesta fue de un entusiasmo sincero, luego, cuando estuve sólo, comenzaron a  asaltarme un montón de dudas, pues suponía un verdadero compromiso y reto para el que no estaba del todo seguro de estar preparado aún. Así pues, la mañana del encuentro practiqué meditación durante un rato considerable para intentar mantener mi mente en calma.
Acudimos a la puerta lateral del templo donde un joven monje nos abrió y condujo a través de los patios hasta la sala principal, donde debía tener lugar la entrevista y la ceremonia. Esta pequeña sala permanece siempre cerrada al público, siendo utilizada sólo en ocasiones y actos muy especiales. El templo permanecía a esas horas – eran apenas las siete de la mañana- en completo silencio, salvo por el sonido intermitente de la gran campana, audible incluso a varios kilómetros de allí. Me acompañaban varios alumnos míos, (Jorge Wu, Jesús Bartolomé, Francisco Muñoz, Giovanni Sbroglio y Omar Olabi) mi amigo Chen y el jefe de la agencia CITS de la ciudad, el Sr. Wang. Tenía la impresión de que ellos estaban más nerviosos que yo.
Mi conocimiento de la liturgia budista era prácticamente nula o muy escasa, así que estaba a la expectativa de lo que me dijeran que tenía que hacer. Me sentía como un cuenco vacío. Iba ataviado con mi traje gris de entrenamiento, la ropa que usualmente portaba siempre que estaba allí.
Apenas esperamos unos diez minutos cuando apareció el Abad del monasterio, junto con otros 8 monjes, todos ataviados con las túnicas típicas de las ceremonias. Allí se encontraban hoy los Maestros más importantes del pequeño monasterio. Tras las presentaciones, se me invitó a tomar asiento en una de las grandes sillas, de estilo tradicional, que casi parecían un pequeño trono. El Abad se sentó justo en la silla de al lado, mientras que los otros Maestros se sentaron a ambos lados de la sala. Nos sirvieron unas tazas de delicioso té chino, de cosecha del propio monasterio y que en breve iban a comercializar. Era también el momento indicado para que entregara los obsequios que le había traído al Abad, según establece la tradición. Esto es más algo simbólico que otra cosa. Le entregué una pequeña cerámica representativa de nuestro país y un pequeño cuadro que yo mismo había pintado, con motivos alusorios del tema budista. Estos regalos los había guardado en realidad para entregárselos a alguno de mis maestros. El Abad me regaló una preciosa cajita de té, dos libros sobre Shaolin y no sé qué cosa más. En cualquier caso, carecía de importancia.
Se estableció una fluida conversación, mitad en chino mitad en inglés entre este Maestro y yo, ayudado ocasionalmente por mi amigo Chen en la traducción de las cosas que no sabía explicar en mi limitado chino. La conversación giraba acerca de mi interés y mis intenciones sobre Shaolin, el budismo y el Kung-fu. Fueron muchas preguntas las que me hizo, y a las que traté de contestar desde mi humildad y sinceridad de corazón. Sentía que este hombre me estaba estudiando, más que escuchando mis respuestas, y en ese sentido, llegué a percibir que había como una conversación o comunicación paralela, que iba mucho más allá de las palabras. Una comunicación que era invisible a los oídos y los ojos de los demás presentes en la pequeña sala. Me sentía tranquilo y mis respuestas fluían sin dudar de mi mente. Estaba descubriendo otra faceta más de este maestro, que desconocía por completo.
Esta conversación duró casi tres cuartos de hora. Pero llegó el momento de la ceremonia budista. El Maestro se retiró unos momentos a una pequeña salita anexa, mientras a través de la traducción de Chen, me explicaron lo que debía hacer y decir. Poco después, se inició la ceremonia o liturgia budista, con los monjes recitando sutras, tocando sus campanas, el Mo Yü (pez de madera) y yo arrodillado delante del Abad y el altar del Buda. Realicé tres veces las tres postraciones o reverencias preceptivas, mientras repetía unas palabras en chino que, la verdad no comprendía. Toda la ceremonia duró como unos cuarenta minutos, en los que mi mente se fundió con mi corazón y las profundas emociones florecieron radiantes hacia el exterior. Ni siquiera el intensísimo dolor de mis rodillas me abstraía de lo que estaba viviendo y que estaba adquiriendo unas connotaciones tan profundas para mí. El tiempo estaba como distorsionado, la luz de la sala, apenas iluminada con velas y un par de bombillas peladas en el techo, era brillante, y todo encajaba en armonía casi perfecta.
Uno de los Maestros asistentes, iba dirigiendo todo el ceremonial, cantando y recitando sutras antiguos. Se me dio un nombre budista, de profundo significado, que luego me explicó Chen. Shi Yan Jia significa ‘el que alarga la vida’. Hice las tres promesas y acepté los diez preceptos de monje laico, que me comprometían conmigo mismo y ante la comunidad budista de la que a partir de este momento pasaba a formar parte. Coloqué las varillas de incienso en el altar del Buda, algo que a pesar de haberlo hecho multitud de veces, me llenó de gran dicha en esos momentos. No podía ser más feliz.
Hasta tal punto estábamos absortos en todo el ceremonial y en el acto en sí, que a ninguno de nosotros se nos ocurrió tener a mano la cámara de fotos o el video para tomar imágenes de recuerdo. Menos mal que al Sr. Wang se le ocurrió preguntarme en un momento dado y corriendo fue al coche a por mí cámara. Así pudimos finalmente obtener algunas imágenes de la ceremonia. Aunque en aquellos momentos lo de tener fotos de recuerdo del acto no revestía importancia alguna –no había ido allí a hacerme fotos publicitarias- si que con el tiempo he comprendido que el tener esas fotos ha sido relevante para muchos aspectos en mi escuela.
Cuando terminó todo el ceremonial, le entregué a cada Maestro un HungPao, un pequeño sobre rojo con 50 Yuan (5 €) para cada uno de ellos. Hice un donativo al monasterio –uno más de los tantos que he hecho- y agradecí a los Maestros todo lo recibido. Esa es la única compensación económica que he entregado a Shaolin por estar allí. Jamás he pagado nada por las enseñanzas recibidas ni he tenido que comprar ni títulos ni certificados.
Todos me saludaron muy respetuosamente y uno a uno pasó a darme la mano y desearme buenos augurios. Todo eran sonrisas y alguna que otra risa. Luego nos despedimos y tomamos tiempo para hacer una visita más por las salas del monasterio, en la que nos acompañaron algunos de los maestros. Quizás fuera un pretexto para asimilar bien todo lo sucedido, para asentar de nuevo los pies en el suelo, porque me sentía literalmente en una nube. Algo muy profundo había despertado en mí, eso era seguro. Mis alumnos me observaban extrañados, como si fuese otra persona. En sus rostros se reflejaba una extraña luz y alegría. Habían tenido la extraordinaria y rara ocasión de presenciar un ceremonial de este tipo, al que solo acceden en contadas ocasiones personas extranjeras en China. Todos estábamos radiantes de energía y muy contentos, y eso se dejaba notar en todos. Sólo lamenté que no pudiesen estar presentes todos mis alumnos.
Del monasterio Shaolin, y aprovechando que teníamos el día libre de entrenamientos, nos dirigimos a visitar la montaña Shaoshi, subiendo con el pequeño telesilla. Posteriormente volvimos a Dengfeng para trasladarnos a Chenjiagou, que dista unos 180 kilómetros de aquí, y donde se encontraba la escuela original de la familia Chen de Taiji y muy cercana a la ciudad de Wenxian, donde se ubicaba el Taijiguan, el equivalente en Taiji a Shaolin.

El haber realizado este ceremonial de confirmación, supuso para mí el inicio de un nuevo camino. Un camino por el que hacía años que transitaba, pero que ahora estaba mucho más claro. Era como disponer de pronto un plano del lugar en el que habitualmente te mueves. En el plano del budismo debía tratar de enseñar también la palabra de Shaolin, el Ch’an, el Dharma, algo para lo que sinceramente, no me consideraba preparado todavía. Debía también cuidar la imagen y nombre del monasterio en mi país, velando por su veracidad y correcta difusión. No delegaban en mí nada oficial, pero sí el compromiso de hacer lo posible por difundir las enseñanzas correctas. Oficialmente, yo era ahora uno de los seis discípulos extranjeros que tenía el Abad y Shaolin, y mi nombre figuraría a partir de ahora, en los libros de la historia de este monasterio. Ya formaba parte de Shaolin…


martes, 5 de agosto de 2014

NUEVA TEMPORADA

   El 1 de Septiembre iniciamos la nueva temporada de la escuela, con actividades y programa de trabajo a desarrollar. En ella incluiremos algunas propuestas y proyectos que creo pueden ser muy interesantes para todos.

   Con el objetivo de organizarnos lo mejor posible en el inicio de las clases, exponemos algunas recomendaciones para todos los interesados en inscribirse en la escuela.
    Hay una previsión de alta demanda de plazas -sobretodo de niños- para este nuevo curso, por lo que habrá que tener muy en cuenta estos detalles, afín de que todo funcione mejor.

  • Se abrirá el período de inscripción los días 28 y 29 de Agosto, para formar los grupos de edades.
  • La pre-inscripción se realizará previo abono de la matricula 2015 (20,00 €), válido para todos los grupos, sin excepción.
  • Se entregará a cada alumno una hoja con el reglamento interno de la escuela.
  • Una vez cubierto el cupo del grupo, se cerrará la inscripción y habrá una lista de espera.
  • Tendrán preferencia los alumnos que permanecieron durante todo el curso.
  • Los grupos estarán formados por un máximo de 18 alumnos por clase.
  • En un principio, en Septiembre, se organizarán solo dos grupos de edad, con horarios de 19:00 a 20:00 y 20:00 a 21:00. Más la clase de adultos.
  • Se abrirá un nuevo grupo de niños para edades de 4 a 7 años. (Según demanda)
  • Los grupos se formarán con alumnos divididos por edades y grados. Esto se confirmará a la inscripción o tras el mes de Septiembre y ver el nivel de cada niño.
  • Se abre una clase mixta por las mañanas - de 12:00 a 13:30.
  • Todas las clases estarán a cargo de Shifu Shi Yan Jia.
  • Todo alumno que traiga a un amigo que se inscriba en la escuela, obtendrá un descuento de 10 € en su matricula.
  • Iniciamos un proyecto de enseñanza y formación integral en Shaolin Kung-fu, que incluye el estudio del budismo. Los interesados pueden pedir información.
  • Durante el mes de Septiembre se permite el uso de camiseta de la escuela o el uniforme completo, incluyendo calcetas. En Octubre todos deberán traer ya el uniforme completo.
  • Rogamos encarecidamente que los niños que usan zapatillas, NO las traigan puestas de la calle. Vamos a ser muy estrictos con las normas de higiene.
  • Expondremos en el tablero de la escuela, el material necesario para la práctica de los diferentes niveles.
CUOTAS
     Lamentablemente y tras meditarlo mucho, hemos de modificar ligeramente el precio de las mensualidades, que venía manteniéndose igual desde hace ya 12 años. La subida desmesurada del IVA, del agua, el butano y la electricidad, hacen económicamente inviable la escuela. El incremento en las cuotas no es significativo (5,00 €), pero absolutamente necesario para mantener la escuela abierta. Esperamos que puedan comprenderlo y podamos seguir contando con todos vosotros. En ese sentido agradecemos que todos animen a amigos, conocidos o familiares a inscribirse en la escuela. Es necesario incrementar el nº de alumnos...

    Como en todo inicio de temporada, se establecerán los calendarios de actividades y proyectos a realizar, que, a pesar de la crisis, esperemos sean muchos. Cualquiera podrá aportar ideas al respecto.

     El objetivo primario es mantener el nivel habitual de la escuela, que tantos beneficios nos ha aportado a lo largo de sus 30 años de existencia. Y eso solo se puede lograr con el apoyo de todos; Alumnos, familiares y amigos.

¡Un muy cordial saludo a todos!

Shi Yan Jia

*Mirar nueva tabla de precios y cuotas expuesta en la escuela.

viernes, 1 de agosto de 2014

Curso de Verano (Horarios)

Estos son los días y horarios de las clases del curso de verano:

Viernes, 1 Agosto  
Niños - 19:30 a 21:00 (palo)
Adultos - 20:30 a 22:00 (Combate)

Lunes, 4 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (Taolu)
A - 20:30 - 22:00 (sable / palo)

Martes, 5 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (palo, chino)
A - 20:30 - 22:00 (chino, sable, meditación)

Miércoles, 6 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (Taolu, palo)
A - 20:30 - 22:00 (sable, Jibengong)

Jueves, 7 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (palo, chino)
A - 20:30 - 22:30 (chino, sable, meditación)

Viernes, 8 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (taolu, palo, juegos)
A - 20:30 - 22:00 (combate, Sanda, Duilian)

Sábado, 9 Agosto (aire libre)
N - 10:30 - 12:00 (Estiramientos, Taolu, palo)
A - 10:30 - 13:30 (Estiramientos, sable, Taolu)

Lunes, 11 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (palo, taolu)
A - 20:30 - 22:00 (jibengong, palo, sable)

Martes, 12 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (jibengong, palo, chino)
A - 20:00 - 22:00 (chino, palo, sable, meditación)

Miércoles, 13 Agosto
N - 19:00 - 21:00 (jibengong, taolu, palo)
A - 20:30 - 22:00 (jibengong, sable, gongfang)

Jueves, 14 Agosto
N - 19:30 - 21:00 (taolu, palo, caligrafía)
A - 20:00 - 22:00 (taolu, palo, sable, caligrafia)

Viernes, 15 Agosto (Festivo)
N - 10:30 - 12:00 (fondo, jibengong, palo, juegos agua)
A - 10:30 - 13:30 (fondo, jibengong, palo, sable)

Sábado, 16 Agosto
Todos - 10:00 - 11:30 (recuperación clase)
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      (¡tomaremos una sopa china!)

viernes, 25 de julio de 2014

Conversaciones con el maestro


            Una de las cosas que más apreciaba era sin duda las largas charlas con los maestros del monasterio, que en ocasiones se extendían por horas enteras y siempre en un tono amable y con cierto misterio. Se semejaba muchas veces a los cuentos que tantas veces he leído o había contado en mis programas de radio en España. El no conocer por mi parte el idioma chino, más que en sus expresiones más simples y cotidianas, en ocasiones dificultaba esa comunicación verbal, pero por otro lado acentuaba el interés y la agudeza mental, de modo que creo alcanzábamos entendimientos mucho más allá de las meras palabras.

            Conversar con estos maestros era ciertamente enriquecedor en todos los sentidos.


Emociones perturbadoras…

            Durante una de mis muchas estancias allí, en el monasterio Shaolin, tuve una tarde una profunda conversación con mi maestro. Ese día, sin saber muy bien porqué, me sentía algo extraño y eso produjo emociones y sentimientos que se vieron reflejados en mi entrenamiento, cosa que el maestro enseguida observó, aunque no me dijo nada hasta esa tarde.

            Sentados sobre unos taburetes de granito, a la puerta de la entrada al recinto donde vivía, junto a un sendero que discurría entre campos camino de un llano donde solíamos entrenar, nos encontrábamos tomando una taza de té. La tarde era hermosa, tranquila, aunque en la lejanía de los picos de la montaña Shaoshi, se empezaban a acumular oscuros nubarrones.

            Viéndome tan pensativo, el maestro me preguntó porque me sentía hoy así.

            Mi respuesta, tras unos breves momentos, fue una pregunta, que traté de sintetizar lo más posible dentro de mis conocimientos del idioma chino:

 -“Maestro, ¿Por qué me pregunto hoy incesantemente sobre el sentido de mi estancia aquí?”…

      El maestro, tras mirarme fijamente un buen rato, comenzó a decir, muy pausadamente: -

“¿Te has preguntado de donde surgen esos pensamientos?... ¿Cuál es el origen de los mismos?” –

Su mirada era tranquila, profunda, y expresaba una extraña quietud y armonía. Por un momento llegué a pensar que sus palabras surgían de sus ojos y no de su voz.

“No lo sé con exactitud, maestro. Es una extraña emoción que me surge de no sé muy bien donde. Medité ayer noche sobre ello, pero es como si esas emociones hubieran hecho un nido en mi mente y se hubieran quedado ahí…”

“Entiendo lo que me dices… Pero tú sabes muy bien que solo tú las mantienes ahí. No es nada externo. Déjalas ir… “

Es importante ser muy claro acerca de lo que queremos significar con la palabra emoción“ –continuó diciendo, -“Nosotros utilizamos la palabra diariamente para describir algo que puede ser identificado inmediatamente, una definitiva sensación en la mente que es tanto una reacción como una fuerza impulsora. En Budismo sin embargo, como hablamos el otro día, la emoción es mucho más que esto. Es un estado mental que empieza en el instante en que la mente funciona de un modo dualista, mucho antes de que la persona normal sea consciente de ello. Tú has despertado en algún sentido o ámbito esa dualidad, que divide tu mente…”

“La emoción es el aferramiento habitual que nos hace catalogar automáticamente nuestras experiencias de acuerdo a si nuestro ego las encuentra atractivas (deseo), no atractivas (enfado), o neutrales (ignorancia). Cuanto más aferramiento haya, mas fuerte será nuestra reacción, hasta que alcancemos un punto donde finalmente se rompa dentro de nuestra mente consciente y se manifieste como las sensaciones obvias que normalmente llamamos emociones. Las reacciones anteriormente citadas son calificadas como los tres venenos, a los cuales se añaden aquellos de considerar nuestra propia experiencia como predominante (orgullo) y juzgar nuestra propia posición en relación al objeto percibido (celos), para dar en total los cinco venenos. La palabra veneno es utilizada porque estas reacciones envenenan nuestra mente e impiden la aparición de su sabiduría intrínseca”.

“Averigua qué pensamientos has estado desarrollando para despertar esta emoción que sientes ahora, y encontrarás la salida. Incluso puede que te des cuenta de que en realidad no estás dentro de nada ni tienes que abandonar nada. Solo darte cuenta de las cosas, de cómo son en realidad, sin caer en la dualidad en que se suelen dividir”. … “No luches contra ello”.
“Permanece aquí, mientras estés aquí; Despierto, atento, disfrutando”… “No dejes que tu mente vuele a otros lugares ilusorios. Permanece…”, repitió con su suave tono de voz y su peculiar acento.

Terminado de decir esto, esbozó una amplia sonrisa, que le confería esa expresión de bonachón que tanto le caracterizaba.

Escuché muy atentamente su explicación, tratando de captar todo el sentido de lo que me decía; Tratando de que nada se me quedara en el espacio sombrío de la incomprensión, de donde nacía la ignorancia. Como tantas veces, había palabras que no comprendía de forma aislada, pero que en su contexto de la frase o explicación, sí tenían sentido. Como otras veces, mi amigo Chen, que esa tarde estaba allí, me ayudó en la traducción…

-“Muchas gracias Shifu, por tan valiosas enseñanzas. Meditaré sobre ello”.

El maestro soltó una sonora carcajada, mientras hacía gestos de negación con las manos…

-“No hay de qué; Tu sabes que yo no te enseño nada. Quizás solo te señalo algo que está perdido en tu mente, que siempre ha estado ahí y no has sabido comprender aún.”

Esta situación siempre me fascinaba; Quería comprender el porqué, sin conocer el idioma en cuestión de forma fluida, era capaz de entender lo que se me quería trasmitir. Era realmente revelador y maravilloso constatar lo que los ancianos maestros siempre me habían contado sobre la comunicación entre mentes despiertas. Las palabras eran solo portadoras de emociones y sonidos, las que le daban cierta forma al pensamiento, pero que éste y la comunicación, se producían a otros niveles mucho más sutiles. En ocasiones, son los espacios vacíos entre las palabras los que contienen cierta enseñanza. Es ahí donde reside la verdadera comunicación… (de ahí que en mis textos utilice muchas veces espacios con puntos suspensivos).

Y esto lo podemos comprobar cuando alguien nos dice algo y esas palabras nos afectan de una forma u otra. Esas palabras van cargadas de energía, de intención, y eso es lo que nos llega en realidad. La forma de las palabras, su sentido semántico a veces puede confundir, porque se presta a la interpretación, mientras que lo que se transmite, es lo que es y así lo percibimos.
Si alguien nos insulta, esa palabra va cargada de intención, de una fuerte emoción, que es en realidad la que nos afecta (si nos dejamos afectar, claro) y nos duele. Y no importa en qué idioma nos insulten, que seguramente por el tono enseguida nos daremos cuenta de que no son palabras amables.

Esta conversación con el maestro me impulsó a tratar de ponerlo todo sobre papel en cuanto llegué a mi habitación. Aparte del gran agradecimiento que sentía por tan valiosas enseñanzas, creía que debía plasmarlo sobre papel y compartirlo luego con quienes sintieran también estas inquietudes espirituales.

Llegando a la aldea Wenzhigou, unos oscuros nubarrones presagiaban una tormenta, que, efectivamente, minutos más tarde comenzó a descargar una ingente cantidad de agua. La lluvia torrencial oscureció en apenas unos minutos todo el panorama que siempre podía ver desde mi ventana. El cercano arroyo de montaña aumentó su caudal hasta convertirse en un pequeño torrente. Era apenas las 5 y la tarde se había vuelto noche cerrada y la tormenta descargaba con furia agua y relámpagos. Era una de las frecuentes tormentas de verano que se presentaban de repente sobre la zona, deshaciendo las nubes de humedad que provenían de las llanuras del río Huang He (Río Amarillo).

Se fue la luz en la aldea y todo se sumió en la oscuridad. Pude encender el candil que tenía a mano y con esa tenue y cálida luz me puse a escribir en mi libreta de notas (en realidad esto mismo). Ocasionalmente me asomaba a la ventana y miraba por el cristal. Pero no era solo una ventana abierta al paisaje de la montaña de Shaolin, sino una ventana a mis pensamientos y emociones. Me sentía pequeño, insignificante en un mundo inmenso…








Me dejaba llevar por las sensaciones que todo eso me proporcionaba; La lluvia golpeando en el cristal, era la banda sonora de mis pensamientos. Por momentos los identificaba con melancolía, nostalgia y cierta vaga tristeza, que no sé muy bien de donde surgía ni porqué, y poco después el diálogo interior se convertía en discusión del porqué de todo aquello. Hubo momentos en que me sentí solo, tremendamente solo, tan alejado de todo y todos, inclusive de mí mismo, de mi vida cotidiana y mis circunstancias habituales. Aquí todo era distinto.

Había una parte de mí, la conciencia, que observaba ese caos momentáneo de pensamientos y los consecuentes estados emocionales surgidos de ellos. Era una extraña sensación, como si la tormenta de fuera, la que percibía fuera de la ventana, estuviera también dentro de mi mente. Afortunadamente, esa misma conciencia me permitía mantener un atisbo de claridad, de luz en esa oscuridad interior, y sabía que todo esto era pasajero, que no duraría, igual que no duraría la tormenta. Y que, analizándolo en realidad lo que hacía era limpiar mi mente de cosas innecesarias. Había que revolverlo todo para ver lo que no servía. Igual que el agua de la tormenta limpia todo a su paso.

Descubrí que eso era la dualidad de la mente; La fuente de donde surgían los conflictos, primero con uno mismo y luego con los demás… lo que mi maestro había tratado de explicarme.

Y percibí con claridad asombrosa la necesidad de esas “tormentas interiores” que producían cambios profundos en mi estado de ser. Esos estados emocionales que resultaban caóticos y en algunos casos perturbadores y dolorosos, no eran sino un camino de auto-realización, en el que se iban eliminando obstáculos. El único peligro era quedarse aferrado a esas emociones y dejar que anidaran en nuestra mente. Entonces te estancabas y eso creaba confusión mental y pensamientos erráticos. La tristeza y la melancolía te envolvían en su aparentemente cálido manto, pero eso encerraba unas consecuencias bastante negativas si permanecías ahí.

La corriente eléctrica no volvió en toda la noche. La tormenta debió afectar algún tendido o algo así. Se hizo evidente que estábamos en una zona rural. Pero no me importó en absoluto. Alumbrado con mi candil, estuve largo rato escribiendo sobre las distintas sensaciones que había percibido; Sobre toda la maraña de pensamientos que habían surgido a raíz de esa reflexión. Era un verdadero torrente; mi mente fluía sin cesar y generaba pensamientos cada vez más claros. Y sentía esa otra parte de mí, que observaba todo ese proceso. Esa otra parte de mí, que en realidad era un todo, pero que no sabría definir de manera alguna. Esa parte que trataba de plasmarlo todo sobre el blanco papel, como una manera de ver las cosas que llevaba dentro, fuera, en el exterior.

Finalmente decidí parar de escribir y poner en calma mi mente. Me senté en el cojín de meditación en el suelo, justo delante de la ventana, y cerré los ojos. Poco a poco los pensamientos, que pasaban volando veloces por la pantalla de mi mente, dejaron de tener consistencia y finalmente desaparecieron. Todo volvió a la calma. Ya no había ruido de mis voces conversando sin cesar. Todo silencio interior… paz…tranquilidad…

La tormenta también parecía que había cesado y poco a poco la luz del sol comenzó a filtrar sus tenues rayos del atardecer a través de las nubes y montañas. No sé si vi realmente este paisaje, o era fruto de mi percepción de la mente. No recuerdo el tiempo que estuve meditando –allí nunca llevaba reloj-  pero sí recuerdo haber abierto la ventana para sentir el aire fresco en la cara y percibir ese maravilloso e intenso olor a campo mojado, a vegetación salvaje, a naturaleza viva.


Miré fuera, a la cercana montaña y vi el mundo entero, con más colores, más intenso y más vivo si cabía… había cambiado mi manera de verlo.