viernes, 12 de septiembre de 2014

Un rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
"¿Por qué no has salido a pescar?", le preguntó el industrial.
"Porque ya he pescado bastante por hoy".respondió el pescador.
"¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?", insistió el industrial.
"¿Y qué iba a hacer con ello?", preguntó a su vez el pescador.
"Ganarías más dinero", fue la respuesta. "De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para obtener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo".
"¿Y qué haría entonces?", preguntó de nuevo el pescador.
"Podrías sentarte y disfrutar de la vida", respondió el industrial.

"¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?", respondió el satisfecho pescador.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Apariencias...


Recuerdo en cierta ocasión, en que estábamos un grupo de alumnos y alumnas en el paseo marítimo de nuestra localidad, practicando Qi-gong y Kung-fu, cuando en un descanso, se nos acercó una señora de unos 30 años y acento sudamericano, que nos había estado observando un rato, y le preguntó a una chica del grupo:
“¿Quién es vuestro profesor?”…
                A lo que mi alumna, señalándome a mí, contestó:
“Es aquél de allí”…
Y la buena señora, se vino a donde yo estaba sentado, apartado unos metros del resto del grupo.
“¿Vos sos el profesor?”, me preguntó con su peculiar acento porteño y cierto aire de incredulidad, mirándome de arriba abajo con desdén…
“Pues sí, soy el profesor de este grupo, gracias. ¿Qué se le ofrece?”…
“Pero, ¡si vos estás muy grueso!... ¿Cómo vas a ser el profesor?”, continuó con su voz, algo aguda y chillona.
Sin molestarme en absoluto por su comentario despectivo hacia mí, le contesté en tono de humor:
“Bueno, alguna cosilla sé… a lo largo de mis 25 años de experiencia he podido aprender algo, ¿No cree?”…
Resumiendo, resulta que esta buena mujer decía ser “Maestra 4º dan de Taiji” (aunque no sabía decirme de que estilo o escuela). Que impartía clases privadas a un grupo de extranjeros de la zona. Para justificarlo, me mostró unas fotos –que llevaba a modo publicitario- en las que se la veía con un precioso traje de Taiji de seda, en una postura, para mí desconocida y poco armoniosa, que parecía copiada de un catálogo de los Playmovil. En otras fotos estaba con una malla muy ajustada, demasiado, creo yo, realizando posturas de Qi-gong. Por supuesto desconocía lo que significaba el Tui-shou. Cuando la invité a hacer una pequeña demostración de su Taiji, –costumbre entre los Maestros chinos- me dijo que era imposible sin su uniforme, y que, además no podía mostrar sus conocimientos a extraños sin nivel (literalmente). Eso sí, me dio una exhaustiva “lección de marketing” sobre cómo debía ser un Maestro de artes marciales.  Labia no le faltaba a la muchacha, y no porque fuera argentina, que eso no es relevante. Al final se marchó, invitándome, tarjeta mediante, a una de sus clases maestras (también literalmente) previo pago, claro. Por respeto no me eché a reír, aunque me entraron ganas de llorar. Esto fue real…
Esta es solo una anécdota que ilustra lo mucho que la gente en general, tiene un exagerado apego a la imagen personal, y a lo que queremos vender como lo que somos. Afortunadamente no todos los profesores son de este calado, aunque es cierto que hay muchos que van de grandes maestros ante sus ignorantes seguidores.
Hoy en día, pondría esta señora en su sitio, o como menos, la pondría en evidencia. Considero que no se puede engañar así a la gente, por mucho que haya personajes ignorantes que se conformen con una práctica tan superficial que casi da risa.
Ya no tengo la paciencia de antaño. Incluso me cuestiono si la virtud de tener paciencia se ve incrementada con el paso de los años. Ahora mismo no lo creo, aunque quizás se trate de una etapa más en mi vida, de la que debo aprender algo. Seguramente será algo así.
No es que pierda la compostura ante situaciones que me exasperan, que no lo hago, si no que es cansancio de ver la incongruencia de la gente. La profunda incapacidad de aprender nada por sí mismos, de observar nuestro entorno y ser conscientes de la realidad. Cansado quizás de la evidente y cada vez más extendida incoherencia de todos nosotros. O de la mayoría. Y eso es extensible, según mi criterio, a todos los ámbitos de la vida.
Cansado de repetir por enésima vez un consejo –que me han pedido- sin que mi respuesta tenga repercusión alguna, o se cambie algo para mejorar determinada situación o hábito o problema. De que se repitan una y otra vez los mismos errores y que, encima, se traten de justificar en vez de afrontar el fracaso y empezar algo nuevo.
Cansado de escuchar de boca de ignorantes –expresión semántica sin sentido peyorativo para mí-, la palabra “Maestro”, cuando ni saben lo que significa, ni les importa realmente su sentido y relación conmigo. Me llaman así, pero no respetan lo que pueda enseñarles o mostrarles. Otra incoherencia más…
Muy hastiado de ver día a día como se destruyen valores, o de cómo éstos son sistemáticamente despreciados. De cómo esa falta de valores está minando nuestra sociedad, donde las cosas aparentan ir bien, o regular, según quien te lo quiera vender, pero que todos sabemos que adolece de muchas cosas. Que vivimos en una sociedad que produce infelicidad en cantidades industriales, favoreciendo la ignorancia en pro de un materialismo sistemático, que solo crea frustración. Frustración e infelicidad, esa extraña sensación que muchas veces nos invade y que desliza una pregunta en nuestra mente, que ni sabemos muy bien de donde surge y que nos pregunta, a veces insistentemente “¿Qué estoy haciendo con mi vida?”…
Y nos quejamos de todo y por todo, en vez de ponernos de verdad a cambiar actitudes.
Porque, cuando pregunto a muchos sobre su estado anímico, sobre su ser, sobre si están contentos con lo que son, casi todos me contestan que no. Y en sus miradas, de pronto se refleja cierta profunda y dolorosa tristeza…
Veo como se enaltecen las llamadas nuevas tendencias o tecnologías, sin tener en cuenta el grave problema de fondo que nos crea y que no queremos entender, a pesar de que lo podamos intuir.
Y cansa. Y la paciencia, que no es infinita, se agota. Harto de aguantar a gente que ve que está haciendo algo mal, muy mal incluso y no hace nada por evitarlo. Porque, ¿Hay mayor estupidez e ignorancia que justificar nuestros errores, en vez de reconocerlos y tratar de cambiarlos?... No hay más tonto que el que no quiere aprender.
Constato en las clases como los niños de hoy, son mucho más torpes que los de hace 20 años, que tienen menos aguante, menos disciplina y menos capacidad por aprender movimientos que impliquen una coordinación psicomotriz. Las habilidades motrices se van debilitando, por el sedentarismo y la poca atención que se es capaz de mostrar. Eso sí, hay una extraordinaria habilidad para manejar todo tipo de aparatos electrónicos, pero una manifiesta incapacidad por coordinar tres movimientos seguidos. Esto hace que el aprendizaje sea cada vez más lento, más improductivo.
Hace poco, un alumno me explicaba cómo le sorprendía ver a un niño de corta edad manejar con habilidad un teléfono móvil. Le parecía algo extraordinario; Vamos, que el niño era un “máquina”… Pues a mí, esas cosas no me sorprenden en absoluto; Todo lo contrario, casi me dan pena. Me sorprendería más ver a ese niño desenvolverse con soltura en relación con otros niños o personas mayores. Que mostrara empatía emocional. Porque conozco casos en los que el chico es un lumbrera con la tecnología y se pasa horas enteras con su móvil y ordenador, pero luego es incapaz de mantener una conversación con un semejante. No se relaciona socialmente ni sabe cómo hacerlo si lo sacan de su ámbito de los video-juegos…
Cuando surgen problemas de índole emocional, no se saben manejar porque la educación emocional ha desaparecido por completo, nadie enseña nada en ese sentido. Así, todo conflicto surgido en ese ámbito, por muy pequeño e insignificante que sea, causa una gran frustración y un problema mayor. No se saben abordar…
Pero volvamos al ámbito del Kung-fu…
Cuesta horrores que tres niños se coordinen entre sí, pues carecen cada vez más del sentido de cooperación, de trabajo en grupo. Y da igual la de veces que se repita. Esto tiene una relevancia extraordinaria a unos ámbitos muy diferentes. Demuestra que hay un latente egoísmo en cada uno de nosotros, de que solo en situaciones extremas somos capaces de cooperar para sacer algo adelante. La individualidad está por encima del colectivo. Y nuestra sociedad del consumo fomenta precisamente estas actitudes.
Ya no tengo paciencia, no… o muy poca. Se ha ido desgastando con el paso del tiempo. Y eso me lleva a la paradoja de llegar a ser intolerante con los intolerantes. Porque, ¿Hasta qué punto uno puede permanecer impasible con gente que, inconsciente o no, hace daño a los demás, a la naturaleza, a los animales, o incluso a sí mismos? ¿Con gente que sigue robando y engañando amparados en estamentos políticos o de poder?... ¿Cómo se puede ser paciente con tanta injusticia social, con los deshaucios, con las personas que pasan hambre?...
Será sin duda que tengo que aprender, a volver a fortalecer mi paciencia, a trabajar con mi creciente intolerancia y desarrollar más la compasión…

¡Ohú, Qué difícil!...

martes, 2 de septiembre de 2014

Lugares de interés de China (1)

Shaolin Shi – Templo Shaolin – Dengfeng
El templo Shaolin, en la región del monte Songshan, cerca de la ciudad de Dengfeng, en la provincia de Henan, tiene la reputación desde la antigüedad, de ser el “primer monasterio bajo el cielo”. Incluido en la lista de la UNESCO  en 2010, el templo representa la cuna y origen del budismo Chan (Zen) y las artes marciales chinas. En la actualidad, podemos admirar un hermoso paisaje de bosques de pinos y bambú, con numerosos pájaros, arroyos y una sensación de tranquilidad y paz muy agradables.
                El templo Shaolin y sus alrededores ofrecen a los visitantes, numerosas reliquias antiguas y atractivas, como el pabellón de los dioses celestiales (Tianwangdian), la sala Mahavira (Daxiongbaodian), el pabellón de los mil budas (Qianfodian), o el de la nieve púrpura, el bosque de pagodas (Talin), la cueva de Damo o el centro de entrenamiento de Kung-fu del templo.
                Lo primero que nos encontramos al llegar y subir sus escalones hacia la puerta principal, llamada Shangmendian, es el cartel que reza “Templo Shaolin”, una caligrafía regalo del emperador Kangxi (1622 – 1723) durante la dinastía Qing (1644 – 1911) al templo. También hay dos leones de granito que datan de la dinastía Ming (1368-1644). Nos encontramos en la primera sala, que representa una talla del Buda Maitreya. Dentro, a ambos lados del pasillo central, encontramos numerosas estelas conmemorativas de diferentes épocas.
                Seguidamente llegamos al edificio de los 4 reyes celestiales. La puerta está guardada por dos guerreros de fiero aspecto, con curiosos nombres (Hu y Hah). Dentro encontramos a los cuatro reyes celestiales, encargados, según la simbología budista, de proteger, ayudar y bendecir al pueblo. Éstos representan también los cuatro puntos cardinales.
                Un poco más adelante, siguiendo la línea central del templo, está el pabellón Mahavira. Es quizás el edificio central del templo, donde tienen lugar importantes celebraciones y es el lugar de los rezos y recitación de los mantras y sutras. Podemos ver a los 18 arhats en sus paredes, situados a ambos lados del altar principal, donde se ubican tres figuras del Buda; el buda Sakyamuni en el centro (representa el presente), flanqueado por el buda de la medicina y el buda Amithabha (el buda del futuro). A espaldas de estas tres representaciones vemos a Kingnaro (protector de Shaolin) y considerado como fundador del budismo Chan.
                Casi al final de recinto, encontramos la gran sala de los mil budas, con muchos antiguos dibujos –denominados “Wubishi”- en sus paredes. Estos dibujos, bastante deteriorados, tienen una antigüedad de unos 580 años. En esta sala, famosa por su ‘hoyos’ en el suelo de ladrillos, dejados por los miles de monjes que entrenaban en esta sala, podemos ofrecer incienso a los budas. Hay 50 huellas, con un diámetro de unos 20 cm cada una.  Es de las pocas salas que se libró de la quema y destrucción parcial que sufrió el templo en el año 1928 por el general Shi Yousan. (Ver película “Shaolin”).
                Saliendo del templo, a unos 280 metros a su derecha, nos encontramos con el denominado bosque de pagodas, con una superficie de 20 mil metros cuadrados, diseminado de cerca de 450 estructuras funerarias budistas de diferentes épocas entre frondosos árboles sobre la ladera de la montaña. Las hay de diversos tamaños y formas, dependiendo de la época y la importancia y prestigio del personaje allí incinerado. Algunas alcanzan los 15 metros de altura, mientras que otras apenas sobrepasan el metro. La más antigua que se mantiene milagrosamente aun en pie, data del año 791 y es la pagoda Fawang. Por lo tanto, tiene una antigüedad de 1221 años.
                Aquí fueron depositadas las cenizas de numerosos monjes y maestros del templo, a lo largo de sus años de historia.
                Cabe reseñar que las pagodas son monumentos funerarios que se dejan a la inclemencia y el paso del tiempo, y nunca son restaurados. Lamentablemente, muchas de estas pagodas fueron saqueadas y en su interior no queda nada. La más reciente es de apenas 6 años atrás y contiene las cenizas del anterior abad de Shaolin, el venerable Shi Suxi (que tuve la ocasión de conocer en persona antes de fallecer). En su pagoda podemos ver grabados de trenes, ordenadores, coches, etc, representativos de la época en que vivió.

                El bosque de pagodas es el recinto funerario con pagodas más extenso de toda China.

Disciplina y orden...

   En estos tiempos que corren en nuestra sociedad, hablar de estos conceptos de disciplina, orden, coherencia, ética y moralidad, parece algo casi anacrónico. Algunos -que posiblemente hasta desconozcan su sentido semántico- incluso dirían que es algo retrógrado, casi rozando la represión o algo así...

   Pero la realidad es que se trata de conceptos que son la base de una correcta convivencia con nuestros semejantes y nuestro entorno, algo muy necesario en nuestros días, tan convulsos y dispersos, donde parece que la cultura imperante del "todo vale" es el camino a seguir. Son necesarias reglas y normas en muchos ámbitos, para que todo pueda funcionar medianamente bien. Y esto debe ser así, porque hemos perdido "el norte" y somos incapaces de auto-controlarnos...

   Y así nos va...

   En nuestra escuela, tratamos de poner en práctica esos conceptos de una manera realista y coherente, aun con el riesgo de tener por ello menos alumnos. Porque es una absoluta incoherencia de que, los que supuestamente deberían encargarse de poner en valor esos conceptos, como son los profesores y maestros de las escuelas de aamm tradicionales, lo hagan solo de palabra, sin que ello llegue a suponer una acción real en lo cotidiano. Muchos podrían escribir tratados sobre el tan consabido "WUDE", pero luego, en la realidad, nada o casi nada se traduce en hechos. Esto, por desgracia lo pude comprobar no hace mucho en una charla sobre este tema con profesores de aamm chinas...

   No entro en lo que cada escuela disponga como reglamento interno de la misma, pero si que deberíamos ser un poco más coherentes entre lo que pensamos, lo que decimos y lo que finalmente hacemos...

   Nuestra escuela, como he mencionado antes, dispone de un reglamento interno, unas normas de conducta tanto dentro como fuera de la escuela (esta segunda es meramente opcional y se hace como recomendación). Unas pautas basadas en los conceptos del Wude, como no, pero también en el más estricto sentido de la ética y el sentido común.

   Es por ello que trato de hacer valer esos valores de una manera bastante seria y disciplinada. En este ámbito entra la forma de vestir (en la escuela), el lenguaje usado, el comportamiento en todos los sentidos, y lo que es muy importante, la actitud adecuada para la práctica, y esto no solo en la sala de entrenamiento.

   A través de la observación estricta de estas reglas de conducta, se aprenden valores como el respeto, la paciencia, la humildad, el compromiso, la coherencia, etc. Y hay que ser intolerante con la desatención...

 
   Por ejemplo, no permito que un alumno venga vestido como quiera; Que una y otra vez se le olvide el cinturón o las zapatillas...

   Que se hable en voz alta en la clase o vestuarios...

   Que se llegue reiteradas veces tarde a las clases, ya casi como un hábito...

   Corregir estas conductas negativas, de desatención completa, es pues una manera de ir creando hábitos positivos que inciden en el carácter del alumno y le van formando como persona.

   De ahí que la observación de estas normas, sea tan relevante, incluso para los propios padres. Solo así conseguiremos de verdad que el sentido profundo y real de los conceptos mencionados al inicio, cobre una verdadera relevancia práctica en lo cotidiano.

   Solo así conseguimos crear las bases para un cambio en esta sociedad enferma; Empezando por nosotros mismos...

miércoles, 27 de agosto de 2014

Inscripciones nuevo curso

Ponemos en conocimiento de todos los padres y alumnos que, la inscripción para las clases de Kung-fu Shaolin de la nueva temporada, se abren mañana.

Todo el interesado/a puede pasarse por la oficina y formalizar su inscripción. 

Señalamos también la necesidad de mirar los horarios y nuevas mensualidades.

Esperamos poder volver a contar con todos vosotros y seguir trabajando para, un año más, mantener el excelente nivel y prestigio de nuestra escuela.

Un cordial saludo

Shi Yan Jia

lunes, 11 de agosto de 2014

Horarios Septiembre

A continuación detallamos los horarios de las actividades de la escuela:

LUNES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin (Nuevo)
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

MARTES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Taichichuan/Qi-gong
20:00 a 21:30 - Duanbing
21:45 a 22:30 - Meditación

MIERCOLES  
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

JUEVES
10:00 a 11:30 - Kick-boxing
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Taichichuan/Qi-gong
20:00 a 21:30 - Duanbing
21:45 a 22:30 - Meditación / Chan

VIERNES
10:00 a 11:30 - Kick-boxing (Rubén Lee)
12:00 a 13:30 - Kung-fu Shaolin
16:30 a 18:00 - Kick-boxing
19:00 a 20:00 - Kung-fu infantil (hasta 12 años)
20:00 a 21:00 - Kung-fu Juvenil (+ 12 años)
21:00 a 22:30 - Kung-fu adultos (+15 años)

SABADOS
10:00 a 13:00 - Cursos y entrenamientos especiales

En octubre, podrá haber ajustes de horarios y la apertura de un nuevo grupo de niños.
Cualquier actividad necesita de un mínimo de 5 personas para poder formar grupo.

viernes, 8 de agosto de 2014

Un extranjero en Shaolin

            Aunque ya había estado una quincena de veces en el templo –cada vez con duraciones distintas- no dejaba de sorprenderme este lugar, por sus múltiples facetas, a veces hasta contradictorias. Digo quince veces las que he viajado a China, aunque obviamente he estado en muchas más ocasiones en el monasterio.

            Este año, llevaba ya más de un mes aquí, solo, sin grupo de alumnos y me había adaptado bastante bien al ritmo de trabajo de los monjes, aunque con marcadas diferencias al ser yo extranjero. Mi carga de entrenamiento no era ni de lejos la que tenían ellos cada día. Yo solía entrenar a lo sumo 4, quizás 5 horas al día y nunca con la intensidad que ellos. Ya estaba un poco mayor para esos saltos. Mis maestros tenían eso muy en cuenta al planificar lo que me iban a enseñar. Ahora tocaba explorar lo profundo de Shaolin…
            Afortunadamente me vi recompensado en mis deseos más profundos de poder conocer algo del Xin Yi Ba tradicional, un antiguo estilo de Shaolin, englobado en el Chanwuyi del maestro  Wu Gulun, que practicaban y enseñaban los maestros Shi DeJian, Wu Nan Fang o mi maestro Shi Yan Ao. Me fascinaba este trabajo marcial desde la primera vez que lo vi. Y ahora, por complejas circunstancias de la vida, estaba aprendiendo con unos de estos maestros. Para mí, era un premio, un verdadero regalo…

            La vida cotidiana en el monasterio, a pesar de cierta rutina con los entrenamientos y las ceremonias litúrgicas propias del budismo Ch’an, no era ni mucho menos aburrida o monótona para mí. Todo era nuevo, incluso relevante. Siempre descubría matices, sabores, colores, aspectos distintos que lo hacían todo interesante. El mismo camino de venir todos los días al templo desde mi residencia en la aldea cercana –unos 800 metros- suponía un agradable paseo, en el que siempre me encontraba con experiencias interesantes. Desde la observación de la naturaleza salvaje, con sus curiosos bichos e insectos, algunos autóctonos y únicos de la zona, hasta la relación con los campesinos que me encontraba casi todos los días en sus labores, y que ya me saludaban. Un anciano muy simpático al que acabé llamando “Paco” porque no le entendía muy bien su acento del lugar cuando me decía su nombre, me lo encontraba casi todos los días bajando con su cacharro motorizado –una mezcla de moto, tractor y carro- cargado hasta los topes de cosas. Nos reíamos mutuamente, no sé muy bien de qué, cuando nos saludamos. A mí me hacía gracia su aspecto, con cara redonda, de piel muy curtida y quemada por el sol, sus pequeños ojillos y su sonrisa sonora, que cuando abría la boca, dejaba a la vista el único diente que tenía… Buen tipo y muy amable. En dos ocasiones me regaló una pequeña bolsa con fruta, un gesto que agradecí muchísimo.

            Como he mencionado antes, el camino hacia el templo, suponía una forma de meditación para mí; Un momento de reflexión serena y pausada acerca de las cientos de experiencias que estaba viviendo. Un trayecto que a lo sumo tardaba unos 15 o 20 minutos en recorrer cuando era cuesta abajo, y una media hora al regreso, por ser cuesta arriba y por estar ya cansado del entrenamiento. En alguna ocasión, el chico que conducía uno de los coches eléctricos que llevaba los turistas desde la entrada hasta Shaolin, y que por las tardes estaba muchas veces en la puerta del restaurante donde solía cenar, se ofreció a llevarme. Como casi todos los chinos, una vez que entablan conversación contigo, ya son amigos y te tratan de una forma muy especial. Cuando una de las veces llegamos a la aldea, justo en la puerta del restaurante había un grupo de gente reunida, que debían ser amigos de este chico. Enseguida me presentó a todos como si yo fuera amigo suyo de toda la vida. Sentirse como una especie de atracción para los chinos del lugar, era una sensación cuanto menos, curiosa.

            Estos recorridos que solía hacer cuatro veces al día, se redujeron a dos, pues el abad del templo decidió permitirme quedarme a almorzar con los monjes en el Caitang, el comedor colectivo de Shaolin. En realidad yo no lo había pedido, así que para mí, fue un privilegio más. Eso me permitió quedarme más tiempo en el templo, además en las horas en que había una masiva afluencia de turistas. Mi maestro Yan Ao comentó algo a otro monje acerca de mi facilidad con los idiomas, y al día siguiente llegó el Sr. Wang Yu Ming, una especie de representante ante la oficina de turismo del monasterio y jefe de la oficina CITS de Dengfeng, y me comentó si estaba interesado en ayudar en ciertas labores de guía del templo. Le dije que por supuesto podría ayudar en lo que estuviera a mi alcance.
            Así, a los pocos días me vi acompañando a uno de los guías turísticos y a un pequeño grupo de visitantes españoles que venían con él. Fue una experiencia muy curiosa, aunque con matices un poco desagradables. Cuando mi maestro me dijo que eran españoles, me alegré mucho y acudía  la puerta principal a recibirles. Amablemente les saludé y les pregunté si eran españoles y de dónde. Pero para mi sorpresa, un señor un poco estirado y muy seco, me contestó que no, que no eran españoles sino catalanes. Me embargó una extraña sensación mezcla de tristeza y enojo, porque mucha gente no sabe lo que es encontrarte en lugares tan lejanos con gente de tu mismo país y que te hablen mal de él. Sientes alegría de encontrarte con paisanos y son en momentos así, donde te das cuenta de tu origen, de tus raíces. Eso solo lo saben los que han estado trabajando fuera en el extranjero. Lo saben y sienten los que han oído el himno nacional mientras subían a un podio en el extranjero. Algo muy curioso porque estando en España, no había percibido nunca esa extraña emoción ni era un fanático de la bandera. Ni siquiera me alteraban las cuestiones independentistas, fueran de donde fueran.
Así que el encuentro con estas personas, creo que bastante ignorantes, no fue muy grato. No tenían relación alguna con las artes marciales ni con Shaolin. Solo estaban de paso en visita turística con una agencia. Eso sí, se sorprendieron bastante de encontrarse con un monje extranjero explicándoles las diferentes cosas relacionadas con el templo. Y más aún –aunque no les agradara demasiado- que ese monje fuera español.
Así tuve la ocasión de acompañar a diversos grupos turísticos por su recorrido por el templo, ayudando al guía oficial a traducir o explicar detalles que yo conocía y él no. Fue una experiencia muy gratificante, pues me permitió poner un poco al día mi conocimiento de los varios idiomas que sabía.
Esto me recordó una curiosa anécdota que me ocurrió en uno de mis primeros viajes a China…
Estaba con un grupo de turistas en un tour por el país y en ese día tocaba la visita a Shaolin prevista en el itinerario. A la hora del almuerzo, preferí quedarme con la guía del grupo, en vez de irme con el resto a comer al restaurante del Wushuguan cercano. Normalmente, los guías de grupos no pueden almorzar con ellos y deben hacerlo en un lugar aparte, habilitado especialmente para ellos, donde la comida es realmente diferente.
En esta ocasión, me encontré almorzando en un pequeño comedor, justo al lado de la cocina, desprovisto de todo tipo de decoración y con apenas media docena de mesas y en compañía de seis o siete guías turísticos. Todos estaban almorzando y les sorprendió gratamente mi presencia, pues enseguida comenzaron a preguntarme cosas, pero sobretodo  mi razón de comer allí y no con los turistas en el comedor principal. Mi guía, la señorita Yan, muy simpática y amable, enseguida les comentó algunos detalles sobre mí, entre ellos el hecho de que yo hablara varios idiomas. Eso enseguida les entusiasmó y comenzaron todos a hacerme preguntas en el idioma que cada uno de ellos dominaba (más o menos). Cada uno deseaba probar su nivel y a la vez se asombraban de cómo alguien pudiera hablar tantos idiomas. Era de locos; Cinco personas, cada uno preguntándome cosas en un idioma distinto y yo tratando de contestarles a todos. Así me vi metido de lleno en una tormenta de preguntas en inglés, francés, alemán, italiano y español, todos a la vez. ¡Qué lío!... pero tremendamente divertido. Todos se reían a carcajadas e insistían en invitarme a tomar algo. Mi amiga Yan se notaba que se sentía orgullosa, como si yo fuera algo suyo… eso aumentaba enormemente su Guanxi, su prestigio.

Cierto día, por la mañana y justo antes de empezar mi entrenamiento con Liu Chen, llegó el maestro Shi Yong Zhi y estuvo hablando con mi maestro. Parecía que estaban hablando de mí, cosa que ya daba por normal. Al rato mi maestro me llamó y me comentó el tema de conversación. Por lo visto, al día siguiente llegaría un importante grupo de visitantes chinos, algo relacionado con el gobierno, y los monjes iban a realizar una exhibición, incluido mi maestro. Me pidió si yo quería hacer también algo en esa exhibición a lo que contesté que mi nivel era ridículo comparado con los monjes y que no quería dejar en mal lugar al templo. Pareció enfadarse un poco y me dijo que no había nada que comparar, que yo sabía hacer cosas muy bien. Que podía hacer un rompimiento de Qi-gong, cosa que les gustaba mucho ver a los chinos. Y que sería un honor para él si yo participaba. Además, que la sugerencia había partido del maestro Shi Yong Zhi. En realidad el honor era mío, por brindarme esa oportunidad, que jamás en la vida me lo hubiera imaginado.

Así me vi embarcado en esta experiencia, que me quitó un poco el sueño esa noche. Para mí era una enorme responsabilidad salir ahí, ante no sé cuantos espectadores y hacer una demostración. Aunque tenía la completa seguridad de que podía hacerlo y de que no fallaría, el escenario era algo distinto a cualquier otra exhibición que hubiera hecho antes. Por definirlo de otra manera, era como decir misa en el vaticano.

Al día siguiente, sobre las 12 del mediodía ya estábamos preparados un nutrido grupo de monjes, auténticos atletas y guerreros y yo, tras el edificio que servía como sala de entrenamiento y ocasionalmente para hacer exhibiciones. Escuchaba el murmullo de la gente que había visto entrar hacía un rato, acompañados por la clásica parafernalia china de los actos oficiales.

Desde un lateral del escenario, podía ver a parte del público, que superaba el centenar, todos ataviados con sus trajes y sus flores en la solapa. Había también varios monjes de alto rango que yo no conocía, así que debían ser también visitantes. Y desde ahí pude ir apreciando las diferentes actuaciones que los monjes iban realizando uno tras otro.  El nivel era impresionante, sin duda. Me sobrecogió una de las actuaciones en que un monje se llevó hasta tres golpes en la cabeza hasta que, sin inmutarse, rompió el durísimo palo. Cuando me tocó a mí, respiré hondo y salí con paso firme al escenario. De inmediato se pudo oír un gran murmullo que dio paso a un silencio tremendo. Pero yo ya no veía a nadie. Estaba completamente centrado en mi ejercicio. Comencé a realizar las respiraciones de canalización del Qi, exagerando un poco los gestos, como les gustaba a los chinos –no dejaba de ser un espectáculo- y me preparé las 3 barras de hierro que me entregó Liu Chen. Pude apreciar multitud de flashes disparando y sentir el aumento del murmullo. Pero no importó mucho…
Durante este ejercicio, mi mente desaparece, mi físico se vuelve uno con la materia, el tiempo se distorsiona, se vuelve lento y una explosión de energía rompe en varios trozos el metal contra mi cabeza…

Ni un rasguño y sí una amplia sonrisa en mi rostro. Un sonoro y prolongado aplauso llenó la sala, mucho más fuerte que el que brindaron a los demás monjes durante sus demostraciones. Yo creo que yo estaba más alucinado que los chinos. Cuando terminó la demostración, llegaron un grupo de chinos, incluidas algunas señoras para felicitarme efusivamente. Incluso una llegó a pedirme que le enseñara mi cabeza y me hizo una foto en la calva. Yo me sentía abrumado. No sabía qué decir y solo les daba una y otra vez las gracias. No era para tanto. Cualquier monje de allí era mucho mejor que yo, sin duda, pero claro, yo era extranjero. Hubo fotos de la prensa y de las muchas decenas de visitantes que quisieron hacerse una instantánea, no solo con el grupo de monjes de la exhibición, sino con el monje extranjero. Era la primera vez que ocurría algo así.
Yo me sentía eufórico, lleno de alegría y esa alegría era compartida por todo el grupo de monjes que realizaron la exhibición. Si bien al principio y antes de la actuación, muchos se mostraban muy reservados, incluso esquivos y recelosos, ahora era todo palmadas y felicitaciones. Todos sonreían y estaban contentos. Era la primera vez que me sentía plenamente uno de ellos, como perteneciente en todos los sentidos a ese lugar. Sin duda me habían aceptado completamente como parte de Shaolin…


Al día siguiente, Liu Chen me trajo un periódico en el que salía una foto del rompimiento de las barras de hierro sobre mi cabeza. ¡Había sido la noticia local! Lástima que perdiera ese documento, que era un hermoso recuerdo para mí de esa experiencia. Esto lo contaba en mi país, y seguro que no me creían. Pero el mejor recuerdo había sido el haber podido participar en una exhibición realizada por los monjes, como uno más de ellos, en la misma cuna de las artes marciales chinas; En Shaolin. Eso no lo olvidaré nunca. Ya formaba parte de la historia de ese lugar…