viernes, 25 de julio de 2014

Conversaciones con el maestro


            Una de las cosas que más apreciaba era sin duda las largas charlas con los maestros del monasterio, que en ocasiones se extendían por horas enteras y siempre en un tono amable y con cierto misterio. Se semejaba muchas veces a los cuentos que tantas veces he leído o había contado en mis programas de radio en España. El no conocer por mi parte el idioma chino, más que en sus expresiones más simples y cotidianas, en ocasiones dificultaba esa comunicación verbal, pero por otro lado acentuaba el interés y la agudeza mental, de modo que creo alcanzábamos entendimientos mucho más allá de las meras palabras.

            Conversar con estos maestros era ciertamente enriquecedor en todos los sentidos.


Emociones perturbadoras…

            Durante una de mis muchas estancias allí, en el monasterio Shaolin, tuve una tarde una profunda conversación con mi maestro. Ese día, sin saber muy bien porqué, me sentía algo extraño y eso produjo emociones y sentimientos que se vieron reflejados en mi entrenamiento, cosa que el maestro enseguida observó, aunque no me dijo nada hasta esa tarde.

            Sentados sobre unos taburetes de granito, a la puerta de la entrada al recinto donde vivía, junto a un sendero que discurría entre campos camino de un llano donde solíamos entrenar, nos encontrábamos tomando una taza de té. La tarde era hermosa, tranquila, aunque en la lejanía de los picos de la montaña Shaoshi, se empezaban a acumular oscuros nubarrones.

            Viéndome tan pensativo, el maestro me preguntó porque me sentía hoy así.

            Mi respuesta, tras unos breves momentos, fue una pregunta, que traté de sintetizar lo más posible dentro de mis conocimientos del idioma chino:

 -“Maestro, ¿Por qué me pregunto hoy incesantemente sobre el sentido de mi estancia aquí?”…

      El maestro, tras mirarme fijamente un buen rato, comenzó a decir, muy pausadamente: -

“¿Te has preguntado de donde surgen esos pensamientos?... ¿Cuál es el origen de los mismos?” –

Su mirada era tranquila, profunda, y expresaba una extraña quietud y armonía. Por un momento llegué a pensar que sus palabras surgían de sus ojos y no de su voz.

“No lo sé con exactitud, maestro. Es una extraña emoción que me surge de no sé muy bien donde. Medité ayer noche sobre ello, pero es como si esas emociones hubieran hecho un nido en mi mente y se hubieran quedado ahí…”

“Entiendo lo que me dices… Pero tú sabes muy bien que solo tú las mantienes ahí. No es nada externo. Déjalas ir… “

Es importante ser muy claro acerca de lo que queremos significar con la palabra emoción“ –continuó diciendo, -“Nosotros utilizamos la palabra diariamente para describir algo que puede ser identificado inmediatamente, una definitiva sensación en la mente que es tanto una reacción como una fuerza impulsora. En Budismo sin embargo, como hablamos el otro día, la emoción es mucho más que esto. Es un estado mental que empieza en el instante en que la mente funciona de un modo dualista, mucho antes de que la persona normal sea consciente de ello. Tú has despertado en algún sentido o ámbito esa dualidad, que divide tu mente…”

“La emoción es el aferramiento habitual que nos hace catalogar automáticamente nuestras experiencias de acuerdo a si nuestro ego las encuentra atractivas (deseo), no atractivas (enfado), o neutrales (ignorancia). Cuanto más aferramiento haya, mas fuerte será nuestra reacción, hasta que alcancemos un punto donde finalmente se rompa dentro de nuestra mente consciente y se manifieste como las sensaciones obvias que normalmente llamamos emociones. Las reacciones anteriormente citadas son calificadas como los tres venenos, a los cuales se añaden aquellos de considerar nuestra propia experiencia como predominante (orgullo) y juzgar nuestra propia posición en relación al objeto percibido (celos), para dar en total los cinco venenos. La palabra veneno es utilizada porque estas reacciones envenenan nuestra mente e impiden la aparición de su sabiduría intrínseca”.

“Averigua qué pensamientos has estado desarrollando para despertar esta emoción que sientes ahora, y encontrarás la salida. Incluso puede que te des cuenta de que en realidad no estás dentro de nada ni tienes que abandonar nada. Solo darte cuenta de las cosas, de cómo son en realidad, sin caer en la dualidad en que se suelen dividir”. … “No luches contra ello”.
“Permanece aquí, mientras estés aquí; Despierto, atento, disfrutando”… “No dejes que tu mente vuele a otros lugares ilusorios. Permanece…”, repitió con su suave tono de voz y su peculiar acento.

Terminado de decir esto, esbozó una amplia sonrisa, que le confería esa expresión de bonachón que tanto le caracterizaba.

Escuché muy atentamente su explicación, tratando de captar todo el sentido de lo que me decía; Tratando de que nada se me quedara en el espacio sombrío de la incomprensión, de donde nacía la ignorancia. Como tantas veces, había palabras que no comprendía de forma aislada, pero que en su contexto de la frase o explicación, sí tenían sentido. Como otras veces, mi amigo Chen, que esa tarde estaba allí, me ayudó en la traducción…

-“Muchas gracias Shifu, por tan valiosas enseñanzas. Meditaré sobre ello”.

El maestro soltó una sonora carcajada, mientras hacía gestos de negación con las manos…

-“No hay de qué; Tu sabes que yo no te enseño nada. Quizás solo te señalo algo que está perdido en tu mente, que siempre ha estado ahí y no has sabido comprender aún.”

Esta situación siempre me fascinaba; Quería comprender el porqué, sin conocer el idioma en cuestión de forma fluida, era capaz de entender lo que se me quería trasmitir. Era realmente revelador y maravilloso constatar lo que los ancianos maestros siempre me habían contado sobre la comunicación entre mentes despiertas. Las palabras eran solo portadoras de emociones y sonidos, las que le daban cierta forma al pensamiento, pero que éste y la comunicación, se producían a otros niveles mucho más sutiles. En ocasiones, son los espacios vacíos entre las palabras los que contienen cierta enseñanza. Es ahí donde reside la verdadera comunicación… (de ahí que en mis textos utilice muchas veces espacios con puntos suspensivos).

Y esto lo podemos comprobar cuando alguien nos dice algo y esas palabras nos afectan de una forma u otra. Esas palabras van cargadas de energía, de intención, y eso es lo que nos llega en realidad. La forma de las palabras, su sentido semántico a veces puede confundir, porque se presta a la interpretación, mientras que lo que se transmite, es lo que es y así lo percibimos.
Si alguien nos insulta, esa palabra va cargada de intención, de una fuerte emoción, que es en realidad la que nos afecta (si nos dejamos afectar, claro) y nos duele. Y no importa en qué idioma nos insulten, que seguramente por el tono enseguida nos daremos cuenta de que no son palabras amables.

Esta conversación con el maestro me impulsó a tratar de ponerlo todo sobre papel en cuanto llegué a mi habitación. Aparte del gran agradecimiento que sentía por tan valiosas enseñanzas, creía que debía plasmarlo sobre papel y compartirlo luego con quienes sintieran también estas inquietudes espirituales.

Llegando a la aldea Wenzhigou, unos oscuros nubarrones presagiaban una tormenta, que, efectivamente, minutos más tarde comenzó a descargar una ingente cantidad de agua. La lluvia torrencial oscureció en apenas unos minutos todo el panorama que siempre podía ver desde mi ventana. El cercano arroyo de montaña aumentó su caudal hasta convertirse en un pequeño torrente. Era apenas las 5 y la tarde se había vuelto noche cerrada y la tormenta descargaba con furia agua y relámpagos. Era una de las frecuentes tormentas de verano que se presentaban de repente sobre la zona, deshaciendo las nubes de humedad que provenían de las llanuras del río Huang He (Río Amarillo).

Se fue la luz en la aldea y todo se sumió en la oscuridad. Pude encender el candil que tenía a mano y con esa tenue y cálida luz me puse a escribir en mi libreta de notas (en realidad esto mismo). Ocasionalmente me asomaba a la ventana y miraba por el cristal. Pero no era solo una ventana abierta al paisaje de la montaña de Shaolin, sino una ventana a mis pensamientos y emociones. Me sentía pequeño, insignificante en un mundo inmenso…








Me dejaba llevar por las sensaciones que todo eso me proporcionaba; La lluvia golpeando en el cristal, era la banda sonora de mis pensamientos. Por momentos los identificaba con melancolía, nostalgia y cierta vaga tristeza, que no sé muy bien de donde surgía ni porqué, y poco después el diálogo interior se convertía en discusión del porqué de todo aquello. Hubo momentos en que me sentí solo, tremendamente solo, tan alejado de todo y todos, inclusive de mí mismo, de mi vida cotidiana y mis circunstancias habituales. Aquí todo era distinto.

Había una parte de mí, la conciencia, que observaba ese caos momentáneo de pensamientos y los consecuentes estados emocionales surgidos de ellos. Era una extraña sensación, como si la tormenta de fuera, la que percibía fuera de la ventana, estuviera también dentro de mi mente. Afortunadamente, esa misma conciencia me permitía mantener un atisbo de claridad, de luz en esa oscuridad interior, y sabía que todo esto era pasajero, que no duraría, igual que no duraría la tormenta. Y que, analizándolo en realidad lo que hacía era limpiar mi mente de cosas innecesarias. Había que revolverlo todo para ver lo que no servía. Igual que el agua de la tormenta limpia todo a su paso.

Descubrí que eso era la dualidad de la mente; La fuente de donde surgían los conflictos, primero con uno mismo y luego con los demás… lo que mi maestro había tratado de explicarme.

Y percibí con claridad asombrosa la necesidad de esas “tormentas interiores” que producían cambios profundos en mi estado de ser. Esos estados emocionales que resultaban caóticos y en algunos casos perturbadores y dolorosos, no eran sino un camino de auto-realización, en el que se iban eliminando obstáculos. El único peligro era quedarse aferrado a esas emociones y dejar que anidaran en nuestra mente. Entonces te estancabas y eso creaba confusión mental y pensamientos erráticos. La tristeza y la melancolía te envolvían en su aparentemente cálido manto, pero eso encerraba unas consecuencias bastante negativas si permanecías ahí.

La corriente eléctrica no volvió en toda la noche. La tormenta debió afectar algún tendido o algo así. Se hizo evidente que estábamos en una zona rural. Pero no me importó en absoluto. Alumbrado con mi candil, estuve largo rato escribiendo sobre las distintas sensaciones que había percibido; Sobre toda la maraña de pensamientos que habían surgido a raíz de esa reflexión. Era un verdadero torrente; mi mente fluía sin cesar y generaba pensamientos cada vez más claros. Y sentía esa otra parte de mí, que observaba todo ese proceso. Esa otra parte de mí, que en realidad era un todo, pero que no sabría definir de manera alguna. Esa parte que trataba de plasmarlo todo sobre el blanco papel, como una manera de ver las cosas que llevaba dentro, fuera, en el exterior.

Finalmente decidí parar de escribir y poner en calma mi mente. Me senté en el cojín de meditación en el suelo, justo delante de la ventana, y cerré los ojos. Poco a poco los pensamientos, que pasaban volando veloces por la pantalla de mi mente, dejaron de tener consistencia y finalmente desaparecieron. Todo volvió a la calma. Ya no había ruido de mis voces conversando sin cesar. Todo silencio interior… paz…tranquilidad…

La tormenta también parecía que había cesado y poco a poco la luz del sol comenzó a filtrar sus tenues rayos del atardecer a través de las nubes y montañas. No sé si vi realmente este paisaje, o era fruto de mi percepción de la mente. No recuerdo el tiempo que estuve meditando –allí nunca llevaba reloj-  pero sí recuerdo haber abierto la ventana para sentir el aire fresco en la cara y percibir ese maravilloso e intenso olor a campo mojado, a vegetación salvaje, a naturaleza viva.


Miré fuera, a la cercana montaña y vi el mundo entero, con más colores, más intenso y más vivo si cabía… había cambiado mi manera de verlo.

jueves, 24 de julio de 2014

El espíritu guerrero


Son las 02.30 de la madrugada. El agradable frescor de la noche se hace sentir, aunque no hace frío en absoluto. Sigo paseando y meditando mientras camino bajo este hermoso manto oscuro lleno de estrellas. Un paisaje infinito que en el que me pierdo con la mirada. Nuevamente doy gracias a la naturaleza de Buda por permitirme disfrutar de estos momentos tan especiales e intensos. Algo tan sencillo y enormemente gratificante, al alcance de todos, y no obstante tan desaprovechado. Creo que observar las estrellas, así sin más, sin buscar nada, es un regalo que nos puede reconectar con nuestra esencia, con lo infinito del universo. Y yo he descubierto ese don de saber apreciarlo y disfrutar con ello…

Si además, tienes la suerte, el privilegio o el acierto de descubrirlo en compañía, es aun más gratificante. En esos momentos, no hace falta el lenguaje de las palabras, ni de los gestos… solo el silencio, despertar la conciencia y, mágicamente aparece una comunicación que va más allá de los sentidos. En esta ocasión, no era así, pero como tantas otras veces, me hubiese gustado poder compartirlo con todo ser sensible y despierto…

El patio del recinto está en absoluto silencio; Solo se oye el canto de los grillos y el suave siseo de la brisa acariciando los pinos. En otros momentos, estando en silencio, uno acaba oyendo el ruido de nuestra propia mente, de nuestros pensamientos erráticos. Pero a poco que te dejes llevar, ese ruido interior desaparece y escuchamos de verdad, sin clasificar nada, solo disfrutando de ello. Así, el croar de las ranas o el chirrido de los grillos, es solo una sinfonía de la naturaleza, que hace más hermoso el silencio. ¿Qué mejor música para el alma dolorida y ajetreada que esa?...

Dejo vagar mi mente hasta el momento en que, dos días antes, iniciamos este peculiar seminario, que tratamos de celebrar todos los años. En esta ocasión, el curso lo organizamos en el Fuerte de Nagüeles, un sitio realmente precioso y acondicionado para este tipo de actividades. El lugar estaba rodeado de un frondoso bosque de pinos, a las afueras de la ciudad, justo a la falda de la montaña de la Concha, una montaña que, por su orografía, me recordaba un poco al monte Songshan de Shaolin. El aislamiento era perfecto, pues solo estábamos nosotros y el personal del fuerte. La instalación era tipo fuerte apache, con sus dormitorios, sus torres, patios y demás dependencias. Estaba todo muy bien acondicionado, aunque sin caer en lujos innecesarios. En cierta manera me recordaba la austeridad de las instalaciones donde habitan los monjes, en Shaolin.

Recordaba los rostros de los participantes, una treintena, cuando llegaron al lugar el Jueves por la mañana. En sus caras se dibujaba el entusiasmo por la expectación del evento que iban a poder vivir. Para la mayoría, era su primera vez en un curso de estas características. Algunos ni siquiera practicaron nunca Shaolinquan y no tenían ni idea de lo que les esperaba, a pesar de que todos disponían de un programa bastante detallado del seminario. Legaron cargados con sus mochilas, dispuestos a afrontar esta experiencia con cierta euforia contenida. Enseguida se presentaron unos a otros, pues venían de distintas escuelas y ciudades. Algunos me observaban con cierto respeto que marca la distancia, pues o bien apenas me conocían o me habían visto en persona en pocas ocasiones. Traté de inmediato de romper esas distancias para que no me vieran como alguien inaccesible o me subieran a un ilusorio pedestal.

Para mi era una alegría verles, poder observarles y sentir como en los próximos días iba a tratar de sacar lo mejor de ellos, forjar su espíritu y hacerles cambiar y crecer. Todos, de alguna manera, eran como lienzos en blanco, donde debía intentar dibujar la esencia del Shaolin. Independientemente de sus conocimientos, grados o edad, todos eran lo mismo para mí, aunque mantuvieran su propia personalidad. Ya me sentía enormemente agradecido por que estuvieran ahí. Sabía del esfuerzo en muchos sentidos que había supuesto la inscripción en el Seminario. Sobretodo ver a chavales, críos, de apenas 12 años entusiasmados y muy nerviosos, que iban a estar alejados de sus padres durante esos días. Era una auténtica aventura para ellos. Las edades de los participantes oscilaban entre los 12 y 45 años…

Tras las breves presentaciones, todos fueron instalados en sus respectivas habitaciones en grupos de seis. Las chicas disponían su propia habitación. Una vez echado el primer vistazo a las diversas instalaciones (duchas, comedor, sala de meditación, sala de recreo, piscina, patio y zona deportiva), todos comenzaron a cambiarse. Ya podían intuir el duro trabajo que les esperaba en estos días.

La explicación somera de las normas fue el inicio de todo el Seminario, donde se les indicaba las pautas a seguir respecto a la vestimenta, el comportamiento, los horarios, las comidas, etc. En todo momento debían vestir ropa adecuada al evento; Guardar en lo posible silencio, evitar el uso de palabras y lenguaje malsonante, la prohibición de beber alcohol o usar dispositivos electrónicos. De explicarles esto, se encargaron los dos instructores del curso, que se lo tomaron muy en serio. Esto ya creaba el especial ambiente del Seminario, envuelto por normas estrictas de disciplina, de enseñanza de los valores intrínsecos del Wu De. Como último término, el objetivo era emular el ambiente que se respiraba en un templo –salvando las distancias de los medios- y sumergirnos en esa paz generada.

Una tensa calma se respiraba en el lugar a la hora de tocar la campana para la primera sesión de entrenamiento, que duraría unas dos horas y media. Todos esperaban con cierta curiosidad como sería esta experiencia que, a la postre y una vez terminado el Seminario, nunca olvidarían.

Una brevísima charla de introducción sirvió para dar comienzo al entrenamiento…

Comenzamos con una breve meditación sentados, preceptiva en nuestras escuelas, a lo que le siguió la primera serie del Yiyinjing, para estirar un poco los meridianos y prepararnos para lo que había de llegar después, el duro trabajo de base característico de Shaolin, el Jibengong. Esto, según me repetía muchas veces mi maestro Shi Yan Ao, constituía el fundamento de todo estilo tradicional. La base no era el aprendizaje de las formas, sino la repetición hasta la extenuación de las técnicas y movimientos de base. Ese era el verdadero entrenamiento de progreso del estilo.

Todos arrancaron con mucha fuerza y energía, repitiendo con entusiasmo cada grupo de movimientos, cada encadenamiento. Tuve que bajar un poco el ritmo porque, si bien en Shaolin era así e incluso más intenso, nosotros no éramos ni chinos ni monjes, y acabaríamos pagando caro ese sobreesfuerzo inicial, empujado por las emociones. Por un lado eso era bueno, porque despertaba la energía colectiva, de la que se contagiaron unos a otros, pero acabarían reventados, y aún había mucho curso por delante en los días siguientes.

Finalmente, cuando la campana señaló el fin de la sesión de la mañana, todos de pronto respiraron aliviados. Tras el saludo de fin de clase, todos se dispersaron hacia las duchas y dormitorios, para refrescarse y asearse un poco antes de acudir al comedor para el almuerzo.

En uno de los seminarios, conseguimos comida tradicional china, pero los costes se dispararon y eso hizo que se replanteara este tema de la comida. Al final optamos por lo simple y factible; La comida habitual en estos sitios, aunque por recomendaciones personales, a la dirección se les pidió que evitaran en lo posible un exceso de carnes y fritos, a favor de las verduras y comidas más saludables.

Al poco rato todos estaban sentados en el comedor, compartiendo la comida, entre animadas charlas y comentarios, todo muy cargado de buen humor. Hubo detalles que tuve que llamar la atención y explicar la conducta en la mesa respecto a la comida. Esto me llevó a recordar mi estancia en el monasterio, cuando acudía al Caitang (comedor) y disfrutaba de esa experiencia de comer con los monjes. Mientras comíamos no se hablaba ni se hacía ruido. No se podía dejar nada en el cuenco y por supuesto, el sitio donde se comía debía de quedar limpio. Al mismo tiempo, un monje recitaba sutras delante de un pequeño atril. La primera vez que acudía allí, mi amigo Liu Chen me dio todas las explicaciones necesarias. Menos mal, porque de lo contrario, un hubiera sabido cómo actuar en esas circunstancias. No tuve el menor problema en asimilar las reglas en ese sitio, pues para mí, son las mismas –con algunas excepciones- que sigo habitualmente a la hora de comer. Agradecimiento a la comida, a los antecesores y Budas y a todo ser viviente. Siempre se dejaba caer unos granos de arroz –que siempre estaba presente en el menú, exclusivamente vegetariano- en un cuenco colocado para tal efecto, como símbolo de ofrenda a los seres sintientes y que sufrían. Fue una experiencia fascinante y muy gratificante. No era habitual que a algún extranjero se le permitiera la entrada allí. Cortesía, licencia y recomendación de mi Maestro espiritual, el venerable Abad  Shi Yong Xin.

Durante el Seminario, se vieron algunos de los nefastos hábitos alimentarios que muchos jóvenes tenían; comían poca verdura y fruta. Aunque se intentó hacerles entender lo necesario de estos alimentos, a  algunos les costaba tragarlo. Pero otros muchos, motivados por el colectivo, empezaron a cogerle gusto a esto de comerse la verdura. Esperaba que trasladaran alguno de esos nuevos descubrimientos a sus hábitos alimentarios cotidianos cuando salieran de aquí.

Cada comida, aun dentro del buen ambiente y humor, se convirtió en una lección sobre algún aspecto importante de la enseñanza. Creo que muchos comprendieron de verdad que TODO es Kung-fu en la vida cotidiana; cada gesto, cada acción, incluso cada pensamiento. Y la comida no iba a ser menos. Siempre, antes de comenzar a comer, se hacía simbólicamente y en silencio, la liturgia de agradecimiento a los alimentos. Y se respetaba el hecho de que nadie se levantaba de la mesa si había un solo compañero que no había acabado aún.

Tras el merecido almuerzo hubo un tiempo de descanso, que muchos aprovecharon para tumbarse en sus literas, o refrescarse en la piscina, ir a ver los animales de la pequeña granja, o bien acercarse a la sala de meditación, donde teníamos una extensa exposición de libros y fotografías de China y Shaolin. Todos andaban un poco dispersos en pequeños grupitos por todo el recinto. Por la megafonía del recinto, se escuchaba de fondo la melodía del Bin Min Tan, que tantas veces había escuchado entre los muros de Shaolin. Eso confería al lugar una extraña paz.

A las seis de la tarde se reiniciaba el entrenamiento, siguiendo escrupulosamente el horario previsto en el programa. Quince minutos antes, la campana llamaba a todos a prepararse. Eso hizo que de pronto muchos comenzaran ya a sentir las primeras agujetas del entrenamiento matutino. Algunos se percataron que echarse a dormir una siesta en esas condiciones, no hacía más que acentuar la sensación de cansancio al haber relajado el cuerpo por completo, mientras que los que mantuvieron una actividad mínima, estaban más frescos.

La sesión de la tarde se enfocaba al estudio inicial de una nueva forma, concretamente de Qi Xing Quan (puño de 7 estrellas), una forma  muy característica de Shaolin, de movimientos simples pero potentes y muy dinámicos. Primero se trabajaron los desplazamientos típicos de esta peculiar forma, a lo que se le añadió posteriormente el trabajo del tren superior. Este método de enseñanza consiguió que casi todos aprendieran la primera parte de la forma muy rápido, sin acumular errores e incidiendo en los detalles técnicos. Incluso aquellos que no practicaban nuestro estilo, lo captaron bastante rápido, aunque había que trabajar mucho el tema de las posiciones, a las que no estaban acostumbrados. Quizás si las conocieran, pero no estaban habituados a trabajar en la especial dinámica del Shaolinquan.

Se sucedían las interminables repeticiones, una tras otra, intercaladas con explicaciones sobre los detalles, el uso de la respiración y la especial dinámica de la forma, tampoco quería saturar las mentes de los asistentes con demasiada información, que no podía ser asumida toda con esa celeridad, si bien es cierto que, en estos seminarios, la concentración era mucho más acentuada y efectiva que en el ciclo de las clases normales de la escuela.

No había descanso posible, salvo los diez minutos entre cada hora para hidratarse y estirar un poco. El ritmo era frenético, muy duro, trabajando incluso la expresión emocional y marcial de la forma. Cuando se entrena, se entrena de verdad; Cada segundo cuenta. No hay otra opción. Esto es Shaolin tradicional. Mente y cuerpo trabajando sin distracciones, sin descanso. Y ese hecho trataba de recalcarlo una y otra vez, para que quedara grabado en el subconsciente de todos.

Dos horas y media más tarde, todos agradecieron visiblemente el sonido de la campana que señalaba en fin del entrenamiento. Todos empapados en sudor. Pero nadie parecía estar desanimado, a pesar del notable esfuerzo realizado.

Tras la cena, nos reunimos en la sala de actividades y pusimos una vieja película de Jet Li, titulada “Artes marciales de Shaolin”, un clásico que muchos no habían visto ni sabían que existía. Algunos, los más pequeños acabaron rindiéndose al cansancio y se durmieron durante la proyección de la película.

Pero la noche no había acabado; Antes de irnos a dormir, estuvimos trabajando algunos mantras (Nian Fu Gong) clásicos, algo que era una completa novedad para muchos de los asistentes. Apenas unos pocos se atrevieron a repetirlos en voz alta. Eso me recordó nuevamente a mi estancia en Shaolin, cuando me invitaron una tarde a participar en la ceremonia de recitación de los sutras de la tarde. Me sentía muy cortado, pues en aquellos tiempos no conocía apenas nada de ese tema y mucho menos era capaz de recitarlos, así que traté de murmurar en lo posible en voz baja lo que iba escuchando. Afortunadamente pude comprobar que los monjes, tras la curiosidad inicial de verme allí, pasaron de mi y se dedicaron a la concentración de la liturgia. ¡Ufff… menos mal!...

Finalizamos la jornada con una breve sesión de quince minutos de meditación, algo que resultó bastante duro tratando de no sucumbir al sueño y el cansancio del día. En la sala flotaba una tenue bruma del humo del incienso del pequeño altar, algunas velas como única iluminación y la música de fondo te transportaba a lugares lejanos, llenos de misticismo y espiritualidad. Era algo que, ayudado por los medios y el ambiente, te desvelaba algo que todos llevábamos dentro, que era esa reconexión con nosotros mismos, con nuestra esencia más íntima y profunda. Fue sorprendente constatar cómo, hasta los más peques acabaron el tercer día cantando los mantras a viva voz y con verdadera entrega. Incluso pude ver a alguno de ellos, sentado delante del Buda del altar, en actitud meditativa, y eso en su rato de descanso. Sin duda, el asilamiento de todo lo externo, de sus vidas cotidianas, lograba centrar sus mentes. Y eso se reflejaba en sus rostros en todo momento.

Mientras todos esos recuerdos cercanos en el tiempo revoloteaban por mi mente, seguía caminando tranquilamente por el patio del recinto. Me sentía con la conciencia plena, despierta a todos los sentidos, tanto físicos como a  aquellos que solo podemos percibir con todo nuestro ser y que resultan difíciles por no decir imposibles de describir. Cada sonido que provenía de la naturaleza que me rodeaba, formaba parte de mi, o yo de ellos. Era una sensación profunda de paz y serenidad, que por momentos me trasladaba a los paseos al atardecer en la montaña Songshan, o por las calles de Dengfeng, que al fin y al cabo, esa serenidad la llevas dentro y poco importa, o en cualquier caso muy poco, todo lo que te rodeara en esos momentos. Esa sensación de ser feliz, con la simplicidad de la mirada, del no necesitar apenas nada para serlo, la había descubierto hace unos años atrás y, en ocasiones así, salía a la superficie y me envolvía con su manto invisible. Una extraña sensación de serenidad que todos los que me rodeaban, podían también percibir y que, según comentarios, era contagiosa. Y lo mejor de todo era poder compartirlo, hacer feliz en lo posible a los demás, o como mínimo, mostrarles caminos que condujeran a un cese del sufrimiento.

Esta percepción de la realidad que me rodeaba y de la que yo en gran parte era el causante, contrastaba con los pensamientos y reflexiones que también pasaron por mi mente acerca de las personas que sufrían. Recordé en esos momentos también a Taleib Ahmed, un alumno sirio y a una chica palestina, cuyos países están en inmersos en una cruel guerra, desigual e injusta donde las haya. Pero, ¿Acaso hay guerras justas?... Con lo relativamente fácil que era buscar la paz, partiendo desde cada uno de nosotros, el ser humano lleva sus propios conflictos internos a la realidad cotidiana. Y crea el horror y perpetúa conflictos por miedos, intereses ocultos y tensiones no resueltas.

Era el Yin-Yang de la vida… Costaba mucho aceptarlo y no dejarse llevar por los sentimientos de rabia por tanta injusticia, tanto dolor y sufrimiento de tantas vidas inocentes. Trataba en esos momentos de transformar esa energía de la rabia en compasión; usarla en esa forma positiva. De lo contrario se transformaba en resentimiento y generaba rechazo hacia ciertas ideologías represoras. Se convertía en intolerancia hacia los intolerantes, y eso no era un buen camino espiritual para recorrer. No llevaba a ninguna parte… salvo a incrementar el mal Karma que arrastramos. Esto incluso sucede a nivel de colectivos, de naciones, como es el caso de Israel. Una verdadera lástima.

El Sábado por la mañana, muy temprano, el grave sonido de la campana anunciaba el nuevo día. El sol apenas estaba despuntando cuando todo el grupo se encontraba corriendo por los senderos del cercano bosquecillo. Para muchos supuso un gran esfuerzo levantarse esa mañana, con el cuerpo dolorido por las agujetas del día anterior. La práctica de Qi-gong después de la carrera relajó la musculatura y preparó el organismo para el resto del día, que iba a ser bastante duro, con unas siete horas de entrenamiento. Pero eso iba a ser ya después del desayuno, del que todos dieron buena cuenta, con un excelente humor y muchos ánimos de seguir.

Se afrontó el aprendizaje de las dos siguientes secciones de la forma con mucho interés por parte de todos. Los conceptos explicados el día anterior sirvieron para progresar más rápidamente, aunque esto no supuso un recorte en el tiempo de entrenamiento dedicado a la forma. También comenzamos el entrenamiento de las armas, con palo, sable y el Pudao para los más avanzados.

Por la tarde, el entrenamiento fue más intenso si cabe, con ejercicios especiales de potenciación de piernas y brazos, mezclados con el trabajo de la flexibilidad y elasticidad. Algunos ejercicios resultaron especialmente duros, como el salto de la rana o el subir y bajar escaleras a gatas. La idea del programa del seminario, preparado y estudiado minuciosamente durante algunos meses y basado en experiencias anteriores, buscaba acercar al estudiante al tipo de enseñanza que se impartía en la actualidad en el templo. La metodología era la misma, salvo en las horas de entrenamiento que allí, eran siempre de 6 a 8 diarias. Como objetivo de fondo estaba la idea de fortalecer el espíritu (Jing Shen) del practicante, de hacerle sentir sus límites y empujarle a superarlos. Fortalecerse internamente era el concepto y para ello había métodos muy específicos. No solo había que entrenar lo físico, lo exterior, sino que el verdadero trabajo estaba oculto en lo más hondo de cada uno de los asistentes.

Y había varios conceptos que iban mucho más allá de las meras palabras, más allá de su sentido semántico, y eso era la intención (Xiang Fa), la motivación (Yin Qi)  y la actitud (Tai Du). Tres aspectos de una misma cosa que determinaban de que madera estabas hecho. Eso iba a ser determinante para superar lo que relato a continuación…

Esa noche, llegó una sorpresa para todos, una prueba que nadie se esperaba; a las 02:30 de la madrugada, cuando ya estaban todos inmersos en un profundo sueño, los instructores entraron en las habitaciones con un gong en la mano y despertaron a todos con un ruido infernal. Eso debió parecerles a todos cuando se encontraron de pronto con alguien que, sin encender las luces, te gritaba que te levantaras de inmediato y salieras al patio…

Allí, una vez formados en filas, sin entender nada, comenzaron a realizar ejercicios físicos con alta intensidad, tipo flexiones de brazos, sentadillas, abdominales, etc., todo sin dar un respiro y sin explicación del porqué de esto. Luego carreras y más saltos y flexiones. Así durante unos 20 minutos. Algunos se paraban y decían que iban a vomitar, pero de inmediato se les instaba a volver a moverse. Finalmente, todos otra vez en filas, sudando y temblando algunos, se vieron sorprendidos por un chorro de agua fría que los caló hasta los huesos. Nadie entendía el porqué…

Esta era en realidad la “prueba del guerrero”, que todos querían realizar, pero que nadie sabía en qué consistía. Esta manera de actuar, muy cercano a la disciplina militar, algo que en realidad no me agrada mucho, era en verdad un estímulo enorme a nivel psicológico, que pretendía –y se consiguió- que los asistentes dejaran de pensar y solo actuaran, sintieran. Había que empujarles al límite de la resistencia. Solo así fueron capaces de superar sus limitaciones auto-impuestas. Sacar fuera el espíritu que todos llevaban dentro pero que no eran capaces de mostrar. Ese espíritu que te empuja en situaciones extremas a realizar grandes esfuerzos y superar obstáculos impensables, cuando a veces piensas –no puedo más- y entonces te das cuenta de que sí puedes. Ese espíritu del que hablan muchas veces los maestros y los practicantes de artes marciales en general, pero que casi siempre se queda en meras palabras.

Solo los más fuertes de espíritu eran capaces de aguantar situaciones así. Y no importaba lo fuerte que estuvieras a nivel físico; Si tu mente era débil, sucumbías ante la adversidad del problema a superar. Pero era importante recalcar que, en situaciones así, los más fuertes tenían la obligación de ayudar a los más débiles a superar el obstáculo. Todos formaban un equipo, una familia, una sociedad, que era en definitiva lo que se iban a encontrar en lo cotidiano de sus vidas. El individualismo no era una opción positiva en nuestra sociedad, por mucho que te vendieran esa idea. Y la vida no era siempre color de rosa, ni era una vida de “fresitas”, ni que el dinero lo podía resolver todo, por mucho que tuvieras…

Después de la pequeña charla que les di respecto al sentido de lo que les acababa de ocurrir a todos, se marcharon muy satisfechos a sus respectivos lechos. En apenas 5 minutos el silencio se apoderó otra vez del lugar. Yo me quedé a realizar mi habitual meditación caminando (Bu Xing Kao Lu), reflexionando sobre las diversas reacciones de los participantes. No podía olvidar las caras de asombro e incredulidad de algunos. Esas reflexiones me llevaron a recordar lo que para mí, supuso mi prueba del guerrero personal. Una aventura no exenta de peligro y muy profundamente espiritual, que me hizo cambiar muchas cosas en mi percepción de la vida. Estuve cuatro días y tres noches en medio de una sierra agreste, sin medios de subsistencia ni ayuda alguna. Cuando bajé de la montaña, era otra persona. Pero esa es otra historia…

Pocos sabían el origen de la idea del Seminario, que nació casi 25 años atrás, cuando un grupo de 12 estudiantes decidieron hacer un entrenamiento exhaustivo para ver hasta donde se podía resistir sin parar. Así, un viernes comenzamos a las 9 de la noche y acabamos literalmente deshechos a las 5 de la madrugada, tras miles de repeticiones de técnicas de pierna, de brazos, de combinaciones y de saltos. Y solo descansábamos diez minutos entre cada hora. Una verdadera bestialidad, pero un verdadero logro en la superación personal de cada uno de los que estuvimos allí esa memorable noche. Eso dio pie a que estudiara la manera de hacer algo así, pero durante un fin de semana, y repetirlo una vez al año. Así nació el Seminario Nacional Shaolin. Sería una dura prueba más de las que antaño realizábamos en la escuela para demostrarnos a nosotros mismos el nivel de aguante que teníamos. Otras pruebas que realizábamos fueron las 4 horas de combate ininterrumpido, subir a Ronda andando de noche (47 km) o la escalada de una montaña. Todo eran entrenamientos especiales solo aptos para los más duros. Algunos eran verdaderos Guerreros, como Francisco Ramírez, Jose Mª Seminario, Jesús Vázquez o Francis Gil…

Esa era la idea de este Seminario, el recuperar ese sentido del entrenamiento, esa dureza, la disciplina marcial y la superación personal.


Los cuatro días pasaron muy rápido, demasiado para mi gusto –y para el de la mayoría de asistentes- pues cuando fuimos a despedirnos, algunos se abrazaron y hasta lloraron de emoción. ¡Y eso que se verían al día siguiente en las clases habituales en la escuela! Para todos fue sin duda una experiencia gratificante que nunca olvidaran. Una experiencia que les cambió algo por dentro, que les hizo ver la verdadera dimensión y la fuerza de sus corazones y de sus mentes cuando trabajaban al unísono.











miércoles, 23 de julio de 2014

SEMINARIO NACIONAL SHAOLIN


Con vistas a la programación de actividades y proyectos para la siguiente temporada, he planteado la posibilidad de organizar el Seminario Nacional Shaolin, como en anteriores ocasiones.

Para tal efecto, me gustaría saber quienes estarían interesados en participar. La idea es hacerlo abierto, con la posibilidad de que puedan asistir gente de fuera y de otros estilos. 

El programa propuesto es de tres días, quizás cuatro, con pensión completa y alojamiento.

También con el reglamento especial y un programa de entrenamiento intensivo de 5 -6 horas diarias, que incluye Qi-gong, armas, taolu, aplicaciones, budismo, caligrafía e idioma chino, etc.

¿Quien se anima?

sábado, 19 de julio de 2014

Compasión y generosidad
Nuestro pequeño microbús paró apenas unos cien metros alejado de la entrada principal del templo, en una zona habilitada para la decena de autocares de turistas que visitaban el lugar. Era ya la cuarta ocasión en que visitaba este templo de la Oca salvaje de Xi’an, aunque en esta ocasión había matices que hacían mi visita diferente. Apenas un año antes había realizado mi ceremonia de aceptación como monje budista en el monasterio de Shaolin, así que hoy iba ataviado con la tradicional túnica gris de monje. Siempre que acudía a visitar esta ciudad, venía al templo. Era un lugar que me fascinaba, como todos los templos budistas del país; Un espacio de paz y tranquilidad en medio de una bulliciosa y enorme ciudad como era Xi’an.
Hoy hacía mucho calor y el aire era muy denso en la ciudad. Todos bajamos aliviados del vehículo, contentos de poder estirar las piernas y refrescarnos con alguna bebida de alguno de los puestos que había a pie de la entrada.
La guía del grupo nos entregó las entradas al recinto y nos dispusimos a bajar del vehículo. En el grupo viajaban una decena de turistas de diferentes nacionalidades, entre ellos los dos españoles que venían conmigo. Ya por la ventanilla pude ver a un pequeño grupo de mendigos acercarse al vehículo, cosa que me llamó la atención por ser una imagen poco habitual en los lugares turísticos. Obviamente las autoridades no lo permitían. Así que de inmediato me llamó la atención este hecho. Nada más caminar unos pasos fuera del autocar, se nos acercó una anciana, con la cara muy desfigurada, la piel curtida y una notable cojera y comenzó a pedir limosna a todos los que íbamos en el grupo. Nadie de los que iban le entregó nada y se mostraban bastante molestos con su insistencia. La pobre mujer, cuando me vio a mi, vestido con mi hábito budista, enseguida me agarró de la manga pidiéndome algo de dinero mientras señalaba mi pulsera de muñeca. Esto, en China, era como una seña de identidad de que el portador era budista, igual que los católicos llevaban una cruz o los judíos una estrella.
Miré a la anciana a los ojos por un instante y pude ver reflejados en ellos una inmensa tristeza y dolor. Parecía a la vez que estaban vacíos, de una negrura muy profunda y extrañamente opaca. Por un momento me quedé observándola, mientras ella me señalaba mi mala budista y juntando las palmas me pedía algo de dinero. De alguna forma, por un instante era como si la observara desde el corazón y desde ahí surgió un sentimiento muy fuerte de compasión. Metí mi mano en el bolso que portaba y saqué unas monedas que llevaba sueltas y algún billete pequeño, que como mucho podría sumar unos 15 Yuan (1,5 euro), y se lo entregué a la anciana en la mano, envolviéndoselas con mis propias manos durante unos instantes. Hubo una extraña comunicación, seguida posteriormente de una decena de repeticiones de la palabra “xiexie”, mientras en sus ojos se encendió un brillo visible. Su cara pareció cambiar, perder arrugas, años, dolor y pena. Pero claro, seguro que eso era solo una percepción mía. Para ella, esos quince Yuan le permitirían comer ese día, así que su rostro estaba iluminado y mostraba una amplia sonrisa, dejando ver su único diente.
Sin apenas percatarme, en apenas unos segundos me vi rodeado de una decena de mendigos, todos harapientos, mutilados y muy sucios, pidiendo a viva voz que les diera también algo de dinero. Incluso había un crio de no más de diez años. Era una situación lamentable. Comenzaron a zarandearme, a tirar de mi túnica y de mi bolso hasta el punto de que me sentí ciertamente acosado. Incluso entre ellos mismos se peleaban por acercarse lo más posible. Yo trataba de decirles que ya no me quedaba dinero, que lo sentía mucho. Y no era verdad del todo, claro. Si que tenía dinero, pero eran todo billetes grandes, de cien Yuan y no era cuestión de sacarlos allí y repartirlos. Tampoco es que me sobrara el dinero a mí…
El caso es que me vi envuelto en un pequeño tumulto, con los mendigos empujándose, peleando y vociferando que les diera dinero. Esto llamó la atención de la policía, que no andaba muy lejos y que acudió de inmediato y comenzó a dispersarlos a todos a empujones y a golpes, cosa que hubiese querido evitar. Me condujeron amablemente a la entrada del recinto donde estaba ya el resto del grupo. Miré atrás desde la distancia a esta triste escena, muy distinta de la que pretendía.
Esta situación me hizo reflexionar y plantearme que no podía ayudar a nadie dándole limosna de esta manera. De alguna forma, mi acto altruista estaba mal planteado. Estuve largamente meditando sobre lo que era la compasión y la generosidad; De si la había realmente comprendido. Partiendo de la premisa que el estado natural del ser humano es el de necesidad, cuando muchas veces damos algo, en el fondo lo que buscamos sutilmente es recibir algo a cambio. Por ello, he sostenido siempre que hasta que no seamos capaces de comprender esto, hasta que no seamos capaces de desprendernos de verdad de esa necesidad, nuestros intentos de noble generosidad se convierten a menudo en el disfraz de una dependencia dañina.
Cuando son mal comprendidos, los ideales de compasión y generosidad no hacen sino que reforzar la dependencia y el apego, y así nos perdemos en una ayuda poco hábil, que casi no consigue nada, salvo alimentar sutilmente nuestro ego.
Eso me había ocurrido a mí, a pesar de que mi intención era buena, no había sopesado las posibles consecuencias, ni había sido capaz de descubrir de dónde salía esa necesidad de dar esa limosna, que en realidad se había convertido en un ejemplo de lo que denominamos “ayuda codependiente”. Esto reavivó un antiguo debate interno sobre la idoneidad de dar a veces ayuda inadecuada a ciertas personas, con lo que en realidad estamos contribuyendo a que esa persona eluda la realidad de su vida. Es lo de darle dinero a un drogadicto para ayudarle. Todos sabemos lo que haría de inmediato con ese dinero.
Pero aun sabiendo esto, ese día, la idea de mi condición de monje me impulsó a querer darle esas monedas a la anciana, sin tener en cuenta las repercusiones. Mi incapacidad en ese momento de decir que no, fue el detonante real de la creación de un pequeño conflicto, que si bien no tuvo consecuencias, sí que me hizo reflexionar.
Estuve luego largamente pensando sobre ello y estableciendo claramente los paralelismos en diferentes ámbitos de nuestras vidas. En muchas relaciones, nuestros miedos y dependencias pueden hacer que temamos decir la verdad, cosa que, afortunadamente he ido superando con el tiempo. Tal vez seamos incapaces de establecer límites y seamos incapaces de decir que no. Y siempre es el miedo el que en el fondo, a veces muy sutilmente nos limita. Siempre con el miedo a la desaprobación de los demás. De hecho, hay muchos hombres a los que les cuesta decir que no, sin importar lo que se les pida. En las relaciones afectivas sucede esto exactamente igual; Muchos se dejan caer en una relación insana o contraria incluso a sus principios, solo por el hecho de no saber decir “no” a tiempo, por no poner límites. Luego, cuando pasan años en esta situación, se encuentran llenos de resentimiento, sin comprender porque actúan así.
También en el ámbito familiar sucede esto con mucha, demasiada frecuencia hoy en día. Hay muchos padres que, con tal de no generar un conflicto inmediato, ceden a las pretensiones y caprichos de sus vástagos y son incapaces de ponerles límite alguno; Son incapaces de decir que NO. Y si lo hacen, lo hacen con la boca pequeña o no cumplen luego su palabra. Flaco favor se les está haciendo entonces a la educación en valores a esos hijos. Unos padres con cierta sabiduría, sabe cuando hay que establecer límites y cuando hay que decir que si o que no. Quieren a sus hijos y les ayudan, pero también respetan lo que los hijos necesitan para aprender por sí mismos. En muchas ocasiones un firme “no”, o “no puedo”, es la mejor ayuda que en realidad podemos ofrecer.
A veces, la verdadera compasión por nosotros mismos –no debemos olvidarnos que somos seres necesitados- y por los demás, exige que establezcamos fronteras y límites, que aprendamos a decir que no, pero sin alejar a la otra persona de nuestro corazón. Pero comprendí también, como ya me había dicho mi maestro, que la compasión no es una ciencia exacta, una forma de ser con reglas estrictas o fórmulas que no existen. Como sucede con todo en la vida –y el camino espiritual también formaba parte de ella- exige que estemos atentos y que escuchemos. Que comprendamos los motivos y luego obremos en consecuencia y establezcamos qué acción puede ser realmente una ayuda.  Muchas veces hemos de comprender que hemos hecho lo que hemos podido. Nada más.
En mi caso lo comprendí al ver el triste espectáculo de los mendigos peleándose entre ellos por unos billetes…
Ya en el autocar, de regreso al hotel, uno de los españoles me dijo que porque le había dado dinero a esa anciana si, de todas formas no la iba a sacar de la pobreza y nada iba a cambiar en su vida. Seguiría siendo lo que era, una mendiga y esa era su condición que, seguramente mi limosna no iba a cambiar ni un ápice.

“Muy cierto, no va a cambiar nada, pero hoy, seguro que tiene un plato de comida”… No le di limosna a un mendigo ni a la imagen que transmitía su aspecto exterior. Le di una parte de mí, de mi amor incondicional a un ser que sufría… esa era mi limosna, mi humilde regalo.

viernes, 18 de julio de 2014

¿Diferente?
Apenas hace unas horas que he tenido una pequeña discusión –si se le puede llamar así- con unas señoras en el paseo marítimo de nuestra localidad. El motivo, nada relevante en realidad, ha sido acerca del trato que le dan algunos a ‘sus’ animales de compañía.
Pero eso no es lo relevante, no. De la discusión no ha trascendido emoción alguna en mí que haya perdurado más allá de unos minutos. Pero si ha despertado una profunda reflexión que ha surgido con fuerza mientras estaba sentado contemplando las olas de la orilla del mar. Una reflexión que, al igual que las olas, iba y venía en forma de preguntas y respuestas.
¿Qué me hace realmente diferente a otras personas?... Esta pregunta, a la que siempre encuentro respuestas distintas rondaba sin cesar por los espacios de mi mente. El que yo pueda ser profesor, maestro, español, gitano, chorizo, alto, enfermero, heterosexual, blanco o tonto, no me hace distinto de todos los demás. Entiendo perfectamente que solo son etiquetas mentales que pertenecen al estado ilusorio de la mente humana. Nos sirven, al menos a mí- solo para mantener una intercomunicación con mis semejantes, para manifestar un estado del ser y para –a través de los sentidos- interpretar y percibir nuestro entorno. Y así es como nos relacionamos con lo que llamamos realidad.
Pero en el fondo – y llego al tema del porqué de la discusión de esta tarde- lo que busco y pretendo, inconscientemente o no, es que el resto del mundo sea como yo quiero que sea. Que se ajuste a mi realidad. Y si no es así, pues nos enervamos e incluso nos enfadamos. Todos deseamos que las cosas sean como nosotros queremos que sean. Eso es sin duda un atributo de nuestro ego… y así trata de hacerse fuerte, desplegando todo su orgullo y demás artimañas para auto-afianzarse como poseedor de la verdad…
Así pues, no soy tan distinto de los demás… ¿O quizás si?...
Quizás lo que me diferencia –que no es que me haga mejor o peor- es que soy muy consciente de ello. Que mi deseo nace de la idea profunda del sentido del Bodhisattva y de la aplicación de la compasión. Deseo que las cosas sean como creo que deben ser por una razón de base: que todos sean más felices y que cese el sufrimiento.
No dejo que mi ego se fortalezca en la idea de tener siempre la razón, ya sea objetiva o subjetiva; Poco importa. El caso es no dejar que anide en mi corazón y mi mente esa emoción perturbadora, que si bien por un momento puede revolotear por el cielo de mis pensamientos, no encuentra donde posarse.
En la práctica de ese camino, veo situaciones que conducen a potenciales errores y consecuentemente, al sufrimiento, y ante eso, no puedo permanecer impasible; Tengo que actuar.
De esta manera, la defensa de una idea, de una manera de hacer las cosas no se alimenta de insano orgullo, lo que nublaría sin duda el sentido común y oscurece nuestro corazón, haciendo imposible comprender lo que significa la compasión. Mantenerse firme, no es por lo tanto un baluarte inexpugnable de nuestro ego, sino una expresión de nuestra comprensión clara de las cosas con un objetivo positivo.
Así, cuando mantengo alguna discusión –casi siempre- trato de hacerlo sin que la rabia, el orgullo o la sin razón sean los argumentos empleados en mi manifestación. No dejo que haya emoción perturbadora que sea la que conduzca el tema. La tranquilidad y serenidad de fondo son los elementos que deben estar presentes. No hay sentimiento de odio, ni rencor, ni resentimiento, ni trato de prejuzgar a nadie. Simplemente defiendo y expongo mi visión de la situación, entendiendo incluso que el otro pueda tener una manera distinta de verlo.
Esto no implica que en un momento dado no deje salir mi carácter o mi indignación, pero jamás como arma arrojadiza hacia el otro. Jamás con intención de hacer daño o de menospreciar al otro, ya sea profesor, maestro, gitano, negro, ruso o extraterrestre, o rico o pobre… como yo.

Al fin y al cabo, todos somos más o menos iguales, pero nos creemos distintos.

martes, 15 de julio de 2014

La soledad de la montaña


Esta mañana, tras la meditación y la clase de Qigong, uno de los alumnos del maestro me ha invitado a ir con ellos a un manantial cercano a por agua. La idea me parecía interesante, aunque no entendía muy bien lo de ‘ir a por agua’ cuando a pocos metros del templo ya había un pequeño manantial del que nos surtíamos para todo.
Emprendimos la caminata por el sendero que discurre por los escarpados acantilados de la montaña, subiendo y bajando bastos y desiguales escalones tallados en la roca. Era media mañana y el sol ya se dejaba sentir sobre nuestras cabezas rapadas. Yo caminaba junto a los otros tres jóvenes –mucho más que yo- a un ritmo bastante tranquilo. Pero no me imaginaba que lo del sentido de ‘cercano’ era distinto para ellos que para mí, pues ya llevaríamos como media hora caminando y yo no veía el dichoso manantial por ningún lado.

-“Shenme shi hou women dao le?”, pregunté un par de veces a uno de ellos, obteniendo unas risas como respuesta…

Unos minutos más tarde, y tras doblar un recodo en el camino, comencé a escuchar un ruido de agua cayendo. Efectivamente, allí encontramos una hermosa cascada de agua, de unos veinte metros de caída, encajada en un estrecho desfiladero, muy cercano a una especie de puente. De no conocer el sitio, era difícil encontrarlo. Yo mismo había pasado días atrás por allí y no lo había visto.

El sitio era realmente impresionante; la cascada caía en una charca de unos tres o cuatro metros de diámetro, en medio de un pequeño desfiladero sin salida. Era como un refugio natural excavado por la naturaleza en la roca.

Nada más llegar, los tres monjes saltaron chillando como posesos a la poza, cuya profundidad no era excesiva pero les permitía cubrirse hasta el cuello en un agua tan fría como cristalina. Yo ya no me sentía con la edad –ni con la valentía- adecuada para hacer lo mismo. El agua estaba realmente helada; te cortaba casi la piel, pero allí estaban los tres, jugando como niños; tan contentos como gorrinos en un charco. Luego salieron y se despojaron de sus trajes que colgaron de las ramas de un viejo y reseco árbol que había y se sentaron a la orilla de la poza en posición de meditación. Me indicaron que hiciera lo mismo que ellos y a eso si que accedí sin problema.

Me senté sobre la roca, en posición de medio loto y traté de disfrutar de todos los sentidos que en esos momentos estaban como aletargados por la contemplación de tanta belleza natural. El entorno, al cerrar los ojos, se tornó de pronto en un silencio armonioso, donde solo el caer del agua en la poza dibujaba aun trazos de la realidad que mis sentidos podían percibir. Los olores, los ruidos de los pájaros, la brisa y el agua formaban una sintonía hermosa que me envolvía en un manto invisible. Poco a poco, las sensaciones de mi propio cuerpo físico fueron disolviéndose en un todo, dejando de percibirlo como una entidad separada.

Mi mente, mis pensamientos y mi cuerpo ya eran una sola cosa, en perfecta armonía con el entorno. Esa sensación solo la puedes percibir a posteriori, cuando sales de ese estado meditativo de vacío absoluto, pero a la vez de todo un mundo de sensaciones, que es indescriptible para los sentidos comunes. Una idea abstracta de lo que es la unión con el todo, que solo comprendes después de haberla sentido. Lo subjetivo y lo objetivo de la realidad se mezclan ahí de tal manera que no hay separación; No hay dos cosas, sino que todo es uno.

Esa es la experiencia del samadhi, del despertar de la mente sublime; Un estado del ser perfecto, donde no caben palabras para describirlo ni la necesidad de hacerlo. Solo una armoniosa y a la vez embriagante felicidad que, paradójicamente sentía en cada uno de mis poros, pero sin sentir mi cuerpo como tal.

En ese estado permanecí no sé cuánto tiempo, puede que media hora o más.

Luego, sales de ese estado de la mente y permaneces sentado, reflexionando con una claridad que por momentos me asustaba. Las preguntas y respuestas se sucedían en mi mente de una manera vertiginosa pero ordenada. Era una sensación de que pregunta y respuesta eran también una sola cosa. Una parte de mi mente, de mi yo –por definirlo de alguna manera- observaba a la otra parte de mí mismo en su desarrollo mental y emocional, como viendo todo el proceso. Así, uno mismo se convierte en observador de lo que observa, mientras al mismo tiempo hay un estado que lo puede percibir. Quizás, desde la perspectiva actual –mientras escribo esto ahora- era todo un galimatías mental, pero en esos momentos todo estaba tremendamente claro.

Estos estados alterados de conciencia, que yo ya había podido experimentar en varias ocasiones con esa intensidad, en estos lugares y circunstancias se convertían en casi un hábito, que poco a poco iban modificando tu estado interior. Sin las dispersiones de la mente en lo cotidiano de nuestra sociedad ajetreada occidental, era un camino mucho más fácil e intenso hacia esos estados del Nirvana… Algo siempre quedaba, de modo que algo importante iba cambiando en mi interior y se reflejaba en mi actitud externa.

Aun estaba absorto en mis pensamientos cuando volví a percibir el sonido de las voces de los otros tres monjes. Se habían vestido ya por completo y estaban encaramados en una pequeña ladera, recogiendo unas hierbas. Uno de ellos entonaba un mantra que yo había escuchado días antes en una de las liturgias de la mañana. Sonaba muy hermoso allí, entre las rocas inmensas, los arbustos y el tremendo abismo a nuestros pies.

Les pregunté si podía ayudarles y me indicaron que sí, que subiera allí y les ayudara a recolectar esas plantas, que yo por supuesto desconocía. Me costó lo suyo subirme a su altura –uno ya tiene una cierta edad en la que subirse como una cabra por las laderas, ya no es su especialidad- y me fijé el tipo de planta que estaban recolectando.
Lin Yun, uno de los monjes, me la enseñó y trató de explicarme que era una medicina o que con ella hacían una medicina muy poderosa. Eso por lo menos creí entender. Aun hoy no se de qué planta se trataba, pero debía ser autóctona de aquella zona. El caso es que encontré algunas y las coloqué en el cesto que llevaban. Lin Yun trató de explicarme que cuando arrancara una de esas plantas recitara un mantra, como agradecimiento a la tierra. También me indicó la manera correcta de hacerlo, para no dañar la planta.

Media hora más tarde, emprendimos el camino de regreso, lleno de una extraña euforia que me llenaba todos los sentidos. Creo que podría afirmar que irradiaba una energía muy poderosa. Era eso lo que realmente diferenciaba a la gente de aquí arriba de todos los demás.
Nos encontramos con el Maestro Shi DeJian justo en la entrada al templo, y se ve que Lin Yun le explicó que yo también había recogido algunas plantas, por lo que me saludó efusivamente con su curiosa sonrisa, haciéndome un gesto con el pulgar de su mano hacia arriba. Cogió un manojo de hierbas y me indicó que eran una poderosa medicina, aunque no comprendí muy bien para qué.

Cuando llegué a mi aposento en la pequeña cueva –perfectamente acomodada como vivienda, aunque muy austera- tomé mi cuaderno de apuntes y traté de darle cierta forma a la experiencia vivida, cuyo fruto es este mismo texto.
Nuevamente mi mente se perdió en el laberinto de las emociones y pensamientos, tratando de sacarlo todo a la luz y plasmarlo en papel, lo que originaba nuevas reflexiones acerca de la experiencia…
Pero eso, queda para otro día… me estaba quedando sin luz natural y salí fuera, a contemplar el hermoso atardecer que todos los días me regalaba la naturaleza. Me senté sobre el muro de piedra que separaba el pequeño camino de la casa, del abismo. Y traté una vez más de unirme en esa naturaleza sublime, donde te olvidas de ti mismo y te integras en el todo. El sol se estaba poniendo justo por encima de un mar de nubes bajas en el horizonte, justo entre varios picos de la montaña Shaoshi, dibujándolo todo de hermosos colores amarillos, anaranjados y rojizos, en una sintonía paisajística impresionante.
Solo había un “pájaro-deseo” que revoloteaba por mi mente de vez en cuando y era que deseaba poder compartir todo esto con la gente que quería, o con cualquiera que tuviera la suficiente sensibilidad para percibir el sentido de la vida a través de esta visión.
Estoy convencido de que en esos momentos, en esos atardeceres que tuve la ocasión de experimentar allí, parte de mi esencia se quedó en ese entorno, en esa unidad con la naturaleza…


Y que, de haber vuelto, era solo por la necesidad de poder compartirlo con vosotros…