miércoles, 23 de julio de 2014

SEMINARIO NACIONAL SHAOLIN


Con vistas a la programación de actividades y proyectos para la siguiente temporada, he planteado la posibilidad de organizar el Seminario Nacional Shaolin, como en anteriores ocasiones.

Para tal efecto, me gustaría saber quienes estarían interesados en participar. La idea es hacerlo abierto, con la posibilidad de que puedan asistir gente de fuera y de otros estilos. 

El programa propuesto es de tres días, quizás cuatro, con pensión completa y alojamiento.

También con el reglamento especial y un programa de entrenamiento intensivo de 5 -6 horas diarias, que incluye Qi-gong, armas, taolu, aplicaciones, budismo, caligrafía e idioma chino, etc.

¿Quien se anima?

sábado, 19 de julio de 2014

Compasión y generosidad
Nuestro pequeño microbús paró apenas unos cien metros alejado de la entrada principal del templo, en una zona habilitada para la decena de autocares de turistas que visitaban el lugar. Era ya la cuarta ocasión en que visitaba este templo de la Oca salvaje de Xi’an, aunque en esta ocasión había matices que hacían mi visita diferente. Apenas un año antes había realizado mi ceremonia de aceptación como monje budista en el monasterio de Shaolin, así que hoy iba ataviado con la tradicional túnica gris de monje. Siempre que acudía a visitar esta ciudad, venía al templo. Era un lugar que me fascinaba, como todos los templos budistas del país; Un espacio de paz y tranquilidad en medio de una bulliciosa y enorme ciudad como era Xi’an.
Hoy hacía mucho calor y el aire era muy denso en la ciudad. Todos bajamos aliviados del vehículo, contentos de poder estirar las piernas y refrescarnos con alguna bebida de alguno de los puestos que había a pie de la entrada.
La guía del grupo nos entregó las entradas al recinto y nos dispusimos a bajar del vehículo. En el grupo viajaban una decena de turistas de diferentes nacionalidades, entre ellos los dos españoles que venían conmigo. Ya por la ventanilla pude ver a un pequeño grupo de mendigos acercarse al vehículo, cosa que me llamó la atención por ser una imagen poco habitual en los lugares turísticos. Obviamente las autoridades no lo permitían. Así que de inmediato me llamó la atención este hecho. Nada más caminar unos pasos fuera del autocar, se nos acercó una anciana, con la cara muy desfigurada, la piel curtida y una notable cojera y comenzó a pedir limosna a todos los que íbamos en el grupo. Nadie de los que iban le entregó nada y se mostraban bastante molestos con su insistencia. La pobre mujer, cuando me vio a mi, vestido con mi hábito budista, enseguida me agarró de la manga pidiéndome algo de dinero mientras señalaba mi pulsera de muñeca. Esto, en China, era como una seña de identidad de que el portador era budista, igual que los católicos llevaban una cruz o los judíos una estrella.
Miré a la anciana a los ojos por un instante y pude ver reflejados en ellos una inmensa tristeza y dolor. Parecía a la vez que estaban vacíos, de una negrura muy profunda y extrañamente opaca. Por un momento me quedé observándola, mientras ella me señalaba mi mala budista y juntando las palmas me pedía algo de dinero. De alguna forma, por un instante era como si la observara desde el corazón y desde ahí surgió un sentimiento muy fuerte de compasión. Metí mi mano en el bolso que portaba y saqué unas monedas que llevaba sueltas y algún billete pequeño, que como mucho podría sumar unos 15 Yuan (1,5 euro), y se lo entregué a la anciana en la mano, envolviéndoselas con mis propias manos durante unos instantes. Hubo una extraña comunicación, seguida posteriormente de una decena de repeticiones de la palabra “xiexie”, mientras en sus ojos se encendió un brillo visible. Su cara pareció cambiar, perder arrugas, años, dolor y pena. Pero claro, seguro que eso era solo una percepción mía. Para ella, esos quince Yuan le permitirían comer ese día, así que su rostro estaba iluminado y mostraba una amplia sonrisa, dejando ver su único diente.
Sin apenas percatarme, en apenas unos segundos me vi rodeado de una decena de mendigos, todos harapientos, mutilados y muy sucios, pidiendo a viva voz que les diera también algo de dinero. Incluso había un crio de no más de diez años. Era una situación lamentable. Comenzaron a zarandearme, a tirar de mi túnica y de mi bolso hasta el punto de que me sentí ciertamente acosado. Incluso entre ellos mismos se peleaban por acercarse lo más posible. Yo trataba de decirles que ya no me quedaba dinero, que lo sentía mucho. Y no era verdad del todo, claro. Si que tenía dinero, pero eran todo billetes grandes, de cien Yuan y no era cuestión de sacarlos allí y repartirlos. Tampoco es que me sobrara el dinero a mí…
El caso es que me vi envuelto en un pequeño tumulto, con los mendigos empujándose, peleando y vociferando que les diera dinero. Esto llamó la atención de la policía, que no andaba muy lejos y que acudió de inmediato y comenzó a dispersarlos a todos a empujones y a golpes, cosa que hubiese querido evitar. Me condujeron amablemente a la entrada del recinto donde estaba ya el resto del grupo. Miré atrás desde la distancia a esta triste escena, muy distinta de la que pretendía.
Esta situación me hizo reflexionar y plantearme que no podía ayudar a nadie dándole limosna de esta manera. De alguna forma, mi acto altruista estaba mal planteado. Estuve largamente meditando sobre lo que era la compasión y la generosidad; De si la había realmente comprendido. Partiendo de la premisa que el estado natural del ser humano es el de necesidad, cuando muchas veces damos algo, en el fondo lo que buscamos sutilmente es recibir algo a cambio. Por ello, he sostenido siempre que hasta que no seamos capaces de comprender esto, hasta que no seamos capaces de desprendernos de verdad de esa necesidad, nuestros intentos de noble generosidad se convierten a menudo en el disfraz de una dependencia dañina.
Cuando son mal comprendidos, los ideales de compasión y generosidad no hacen sino que reforzar la dependencia y el apego, y así nos perdemos en una ayuda poco hábil, que casi no consigue nada, salvo alimentar sutilmente nuestro ego.
Eso me había ocurrido a mí, a pesar de que mi intención era buena, no había sopesado las posibles consecuencias, ni había sido capaz de descubrir de dónde salía esa necesidad de dar esa limosna, que en realidad se había convertido en un ejemplo de lo que denominamos “ayuda codependiente”. Esto reavivó un antiguo debate interno sobre la idoneidad de dar a veces ayuda inadecuada a ciertas personas, con lo que en realidad estamos contribuyendo a que esa persona eluda la realidad de su vida. Es lo de darle dinero a un drogadicto para ayudarle. Todos sabemos lo que haría de inmediato con ese dinero.
Pero aun sabiendo esto, ese día, la idea de mi condición de monje me impulsó a querer darle esas monedas a la anciana, sin tener en cuenta las repercusiones. Mi incapacidad en ese momento de decir que no, fue el detonante real de la creación de un pequeño conflicto, que si bien no tuvo consecuencias, sí que me hizo reflexionar.
Estuve luego largamente pensando sobre ello y estableciendo claramente los paralelismos en diferentes ámbitos de nuestras vidas. En muchas relaciones, nuestros miedos y dependencias pueden hacer que temamos decir la verdad, cosa que, afortunadamente he ido superando con el tiempo. Tal vez seamos incapaces de establecer límites y seamos incapaces de decir que no. Y siempre es el miedo el que en el fondo, a veces muy sutilmente nos limita. Siempre con el miedo a la desaprobación de los demás. De hecho, hay muchos hombres a los que les cuesta decir que no, sin importar lo que se les pida. En las relaciones afectivas sucede esto exactamente igual; Muchos se dejan caer en una relación insana o contraria incluso a sus principios, solo por el hecho de no saber decir “no” a tiempo, por no poner límites. Luego, cuando pasan años en esta situación, se encuentran llenos de resentimiento, sin comprender porque actúan así.
También en el ámbito familiar sucede esto con mucha, demasiada frecuencia hoy en día. Hay muchos padres que, con tal de no generar un conflicto inmediato, ceden a las pretensiones y caprichos de sus vástagos y son incapaces de ponerles límite alguno; Son incapaces de decir que NO. Y si lo hacen, lo hacen con la boca pequeña o no cumplen luego su palabra. Flaco favor se les está haciendo entonces a la educación en valores a esos hijos. Unos padres con cierta sabiduría, sabe cuando hay que establecer límites y cuando hay que decir que si o que no. Quieren a sus hijos y les ayudan, pero también respetan lo que los hijos necesitan para aprender por sí mismos. En muchas ocasiones un firme “no”, o “no puedo”, es la mejor ayuda que en realidad podemos ofrecer.
A veces, la verdadera compasión por nosotros mismos –no debemos olvidarnos que somos seres necesitados- y por los demás, exige que establezcamos fronteras y límites, que aprendamos a decir que no, pero sin alejar a la otra persona de nuestro corazón. Pero comprendí también, como ya me había dicho mi maestro, que la compasión no es una ciencia exacta, una forma de ser con reglas estrictas o fórmulas que no existen. Como sucede con todo en la vida –y el camino espiritual también formaba parte de ella- exige que estemos atentos y que escuchemos. Que comprendamos los motivos y luego obremos en consecuencia y establezcamos qué acción puede ser realmente una ayuda.  Muchas veces hemos de comprender que hemos hecho lo que hemos podido. Nada más.
En mi caso lo comprendí al ver el triste espectáculo de los mendigos peleándose entre ellos por unos billetes…
Ya en el autocar, de regreso al hotel, uno de los españoles me dijo que porque le había dado dinero a esa anciana si, de todas formas no la iba a sacar de la pobreza y nada iba a cambiar en su vida. Seguiría siendo lo que era, una mendiga y esa era su condición que, seguramente mi limosna no iba a cambiar ni un ápice.

“Muy cierto, no va a cambiar nada, pero hoy, seguro que tiene un plato de comida”… No le di limosna a un mendigo ni a la imagen que transmitía su aspecto exterior. Le di una parte de mí, de mi amor incondicional a un ser que sufría… esa era mi limosna, mi humilde regalo.

viernes, 18 de julio de 2014

¿Diferente?
Apenas hace unas horas que he tenido una pequeña discusión –si se le puede llamar así- con unas señoras en el paseo marítimo de nuestra localidad. El motivo, nada relevante en realidad, ha sido acerca del trato que le dan algunos a ‘sus’ animales de compañía.
Pero eso no es lo relevante, no. De la discusión no ha trascendido emoción alguna en mí que haya perdurado más allá de unos minutos. Pero si ha despertado una profunda reflexión que ha surgido con fuerza mientras estaba sentado contemplando las olas de la orilla del mar. Una reflexión que, al igual que las olas, iba y venía en forma de preguntas y respuestas.
¿Qué me hace realmente diferente a otras personas?... Esta pregunta, a la que siempre encuentro respuestas distintas rondaba sin cesar por los espacios de mi mente. El que yo pueda ser profesor, maestro, español, gitano, chorizo, alto, enfermero, heterosexual, blanco o tonto, no me hace distinto de todos los demás. Entiendo perfectamente que solo son etiquetas mentales que pertenecen al estado ilusorio de la mente humana. Nos sirven, al menos a mí- solo para mantener una intercomunicación con mis semejantes, para manifestar un estado del ser y para –a través de los sentidos- interpretar y percibir nuestro entorno. Y así es como nos relacionamos con lo que llamamos realidad.
Pero en el fondo – y llego al tema del porqué de la discusión de esta tarde- lo que busco y pretendo, inconscientemente o no, es que el resto del mundo sea como yo quiero que sea. Que se ajuste a mi realidad. Y si no es así, pues nos enervamos e incluso nos enfadamos. Todos deseamos que las cosas sean como nosotros queremos que sean. Eso es sin duda un atributo de nuestro ego… y así trata de hacerse fuerte, desplegando todo su orgullo y demás artimañas para auto-afianzarse como poseedor de la verdad…
Así pues, no soy tan distinto de los demás… ¿O quizás si?...
Quizás lo que me diferencia –que no es que me haga mejor o peor- es que soy muy consciente de ello. Que mi deseo nace de la idea profunda del sentido del Bodhisattva y de la aplicación de la compasión. Deseo que las cosas sean como creo que deben ser por una razón de base: que todos sean más felices y que cese el sufrimiento.
No dejo que mi ego se fortalezca en la idea de tener siempre la razón, ya sea objetiva o subjetiva; Poco importa. El caso es no dejar que anide en mi corazón y mi mente esa emoción perturbadora, que si bien por un momento puede revolotear por el cielo de mis pensamientos, no encuentra donde posarse.
En la práctica de ese camino, veo situaciones que conducen a potenciales errores y consecuentemente, al sufrimiento, y ante eso, no puedo permanecer impasible; Tengo que actuar.
De esta manera, la defensa de una idea, de una manera de hacer las cosas no se alimenta de insano orgullo, lo que nublaría sin duda el sentido común y oscurece nuestro corazón, haciendo imposible comprender lo que significa la compasión. Mantenerse firme, no es por lo tanto un baluarte inexpugnable de nuestro ego, sino una expresión de nuestra comprensión clara de las cosas con un objetivo positivo.
Así, cuando mantengo alguna discusión –casi siempre- trato de hacerlo sin que la rabia, el orgullo o la sin razón sean los argumentos empleados en mi manifestación. No dejo que haya emoción perturbadora que sea la que conduzca el tema. La tranquilidad y serenidad de fondo son los elementos que deben estar presentes. No hay sentimiento de odio, ni rencor, ni resentimiento, ni trato de prejuzgar a nadie. Simplemente defiendo y expongo mi visión de la situación, entendiendo incluso que el otro pueda tener una manera distinta de verlo.
Esto no implica que en un momento dado no deje salir mi carácter o mi indignación, pero jamás como arma arrojadiza hacia el otro. Jamás con intención de hacer daño o de menospreciar al otro, ya sea profesor, maestro, gitano, negro, ruso o extraterrestre, o rico o pobre… como yo.

Al fin y al cabo, todos somos más o menos iguales, pero nos creemos distintos.

martes, 15 de julio de 2014

La soledad de la montaña


Esta mañana, tras la meditación y la clase de Qigong, uno de los alumnos del maestro me ha invitado a ir con ellos a un manantial cercano a por agua. La idea me parecía interesante, aunque no entendía muy bien lo de ‘ir a por agua’ cuando a pocos metros del templo ya había un pequeño manantial del que nos surtíamos para todo.
Emprendimos la caminata por el sendero que discurre por los escarpados acantilados de la montaña, subiendo y bajando bastos y desiguales escalones tallados en la roca. Era media mañana y el sol ya se dejaba sentir sobre nuestras cabezas rapadas. Yo caminaba junto a los otros tres jóvenes –mucho más que yo- a un ritmo bastante tranquilo. Pero no me imaginaba que lo del sentido de ‘cercano’ era distinto para ellos que para mí, pues ya llevaríamos como media hora caminando y yo no veía el dichoso manantial por ningún lado.

-“Shenme shi hou women dao le?”, pregunté un par de veces a uno de ellos, obteniendo unas risas como respuesta…

Unos minutos más tarde, y tras doblar un recodo en el camino, comencé a escuchar un ruido de agua cayendo. Efectivamente, allí encontramos una hermosa cascada de agua, de unos veinte metros de caída, encajada en un estrecho desfiladero, muy cercano a una especie de puente. De no conocer el sitio, era difícil encontrarlo. Yo mismo había pasado días atrás por allí y no lo había visto.

El sitio era realmente impresionante; la cascada caía en una charca de unos tres o cuatro metros de diámetro, en medio de un pequeño desfiladero sin salida. Era como un refugio natural excavado por la naturaleza en la roca.

Nada más llegar, los tres monjes saltaron chillando como posesos a la poza, cuya profundidad no era excesiva pero les permitía cubrirse hasta el cuello en un agua tan fría como cristalina. Yo ya no me sentía con la edad –ni con la valentía- adecuada para hacer lo mismo. El agua estaba realmente helada; te cortaba casi la piel, pero allí estaban los tres, jugando como niños; tan contentos como gorrinos en un charco. Luego salieron y se despojaron de sus trajes que colgaron de las ramas de un viejo y reseco árbol que había y se sentaron a la orilla de la poza en posición de meditación. Me indicaron que hiciera lo mismo que ellos y a eso si que accedí sin problema.

Me senté sobre la roca, en posición de medio loto y traté de disfrutar de todos los sentidos que en esos momentos estaban como aletargados por la contemplación de tanta belleza natural. El entorno, al cerrar los ojos, se tornó de pronto en un silencio armonioso, donde solo el caer del agua en la poza dibujaba aun trazos de la realidad que mis sentidos podían percibir. Los olores, los ruidos de los pájaros, la brisa y el agua formaban una sintonía hermosa que me envolvía en un manto invisible. Poco a poco, las sensaciones de mi propio cuerpo físico fueron disolviéndose en un todo, dejando de percibirlo como una entidad separada.

Mi mente, mis pensamientos y mi cuerpo ya eran una sola cosa, en perfecta armonía con el entorno. Esa sensación solo la puedes percibir a posteriori, cuando sales de ese estado meditativo de vacío absoluto, pero a la vez de todo un mundo de sensaciones, que es indescriptible para los sentidos comunes. Una idea abstracta de lo que es la unión con el todo, que solo comprendes después de haberla sentido. Lo subjetivo y lo objetivo de la realidad se mezclan ahí de tal manera que no hay separación; No hay dos cosas, sino que todo es uno.

Esa es la experiencia del samadhi, del despertar de la mente sublime; Un estado del ser perfecto, donde no caben palabras para describirlo ni la necesidad de hacerlo. Solo una armoniosa y a la vez embriagante felicidad que, paradójicamente sentía en cada uno de mis poros, pero sin sentir mi cuerpo como tal.

En ese estado permanecí no sé cuánto tiempo, puede que media hora o más.

Luego, sales de ese estado de la mente y permaneces sentado, reflexionando con una claridad que por momentos me asustaba. Las preguntas y respuestas se sucedían en mi mente de una manera vertiginosa pero ordenada. Era una sensación de que pregunta y respuesta eran también una sola cosa. Una parte de mi mente, de mi yo –por definirlo de alguna manera- observaba a la otra parte de mí mismo en su desarrollo mental y emocional, como viendo todo el proceso. Así, uno mismo se convierte en observador de lo que observa, mientras al mismo tiempo hay un estado que lo puede percibir. Quizás, desde la perspectiva actual –mientras escribo esto ahora- era todo un galimatías mental, pero en esos momentos todo estaba tremendamente claro.

Estos estados alterados de conciencia, que yo ya había podido experimentar en varias ocasiones con esa intensidad, en estos lugares y circunstancias se convertían en casi un hábito, que poco a poco iban modificando tu estado interior. Sin las dispersiones de la mente en lo cotidiano de nuestra sociedad ajetreada occidental, era un camino mucho más fácil e intenso hacia esos estados del Nirvana… Algo siempre quedaba, de modo que algo importante iba cambiando en mi interior y se reflejaba en mi actitud externa.

Aun estaba absorto en mis pensamientos cuando volví a percibir el sonido de las voces de los otros tres monjes. Se habían vestido ya por completo y estaban encaramados en una pequeña ladera, recogiendo unas hierbas. Uno de ellos entonaba un mantra que yo había escuchado días antes en una de las liturgias de la mañana. Sonaba muy hermoso allí, entre las rocas inmensas, los arbustos y el tremendo abismo a nuestros pies.

Les pregunté si podía ayudarles y me indicaron que sí, que subiera allí y les ayudara a recolectar esas plantas, que yo por supuesto desconocía. Me costó lo suyo subirme a su altura –uno ya tiene una cierta edad en la que subirse como una cabra por las laderas, ya no es su especialidad- y me fijé el tipo de planta que estaban recolectando.
Lin Yun, uno de los monjes, me la enseñó y trató de explicarme que era una medicina o que con ella hacían una medicina muy poderosa. Eso por lo menos creí entender. Aun hoy no se de qué planta se trataba, pero debía ser autóctona de aquella zona. El caso es que encontré algunas y las coloqué en el cesto que llevaban. Lin Yun trató de explicarme que cuando arrancara una de esas plantas recitara un mantra, como agradecimiento a la tierra. También me indicó la manera correcta de hacerlo, para no dañar la planta.

Media hora más tarde, emprendimos el camino de regreso, lleno de una extraña euforia que me llenaba todos los sentidos. Creo que podría afirmar que irradiaba una energía muy poderosa. Era eso lo que realmente diferenciaba a la gente de aquí arriba de todos los demás.
Nos encontramos con el Maestro Shi DeJian justo en la entrada al templo, y se ve que Lin Yun le explicó que yo también había recogido algunas plantas, por lo que me saludó efusivamente con su curiosa sonrisa, haciéndome un gesto con el pulgar de su mano hacia arriba. Cogió un manojo de hierbas y me indicó que eran una poderosa medicina, aunque no comprendí muy bien para qué.

Cuando llegué a mi aposento en la pequeña cueva –perfectamente acomodada como vivienda, aunque muy austera- tomé mi cuaderno de apuntes y traté de darle cierta forma a la experiencia vivida, cuyo fruto es este mismo texto.
Nuevamente mi mente se perdió en el laberinto de las emociones y pensamientos, tratando de sacarlo todo a la luz y plasmarlo en papel, lo que originaba nuevas reflexiones acerca de la experiencia…
Pero eso, queda para otro día… me estaba quedando sin luz natural y salí fuera, a contemplar el hermoso atardecer que todos los días me regalaba la naturaleza. Me senté sobre el muro de piedra que separaba el pequeño camino de la casa, del abismo. Y traté una vez más de unirme en esa naturaleza sublime, donde te olvidas de ti mismo y te integras en el todo. El sol se estaba poniendo justo por encima de un mar de nubes bajas en el horizonte, justo entre varios picos de la montaña Shaoshi, dibujándolo todo de hermosos colores amarillos, anaranjados y rojizos, en una sintonía paisajística impresionante.
Solo había un “pájaro-deseo” que revoloteaba por mi mente de vez en cuando y era que deseaba poder compartir todo esto con la gente que quería, o con cualquiera que tuviera la suficiente sensibilidad para percibir el sentido de la vida a través de esta visión.
Estoy convencido de que en esos momentos, en esos atardeceres que tuve la ocasión de experimentar allí, parte de mi esencia se quedó en ese entorno, en esa unidad con la naturaleza…


Y que, de haber vuelto, era solo por la necesidad de poder compartirlo con vosotros…

Resultados "Trofeo Promesas 2014"

INFANTIL A

1º   SOFIA GARCIA
2º   MIGUEL FRANCO
3º   GUILLERMO GUERRERO
4º   ROMEO C. TIROTTI

INFANTIL B

1ª   ELENA MASSRI
2º   ALBERTO SANCHEZ
3º   SAMUEL RODRIGUEZ

INFANTIL C

1º   PEDRO GUERRERO
2º   DANIEL FERNANDEZ
3º   JAVIER SANCHEZ

Enhorabuena a todos los participantes, por su esfuerzo y trabajo

viernes, 11 de julio de 2014

Entrenamiento de las posiciones

Cuando hablas con diferentes compañeros y maestros sobre el trabajo de entrenamiento de las posiciones, casi todos coinciden en afirmar que es algo realmente importante en sus respectivos estilos. Pero luego ves trabajar a sus alumnos y realmente pocos dejan ver ese exhaustivo trabajo en la dinámica de los Taolu que ejecutan. Y no es que lo hagan mal, por supuesto, sino que adolecen de una comprensión –o aprendizaje- adecuado del desarrollo de las posiciones.
Porque en estático, todos pueden tener una estructura aceptable, incluso muy correcta, pero eso no es suficiente. Casi todos los estilos de las aamm chinas, por no decir todos, son tremendamente dinámicos en el desarrollo técnico. Algunos con posiciones más altas y otros, generalmente del sur, con posiciones más bajas. Está claro que cada estilo tiene una dinámica del movimiento particular y propio, que además lo define técnicamente. Sin esta dinámica particular, muchos estilos cojean de algo; Son como incompletos o hay algo –que muchos no sabrían definir- que no encaja, que no es propio. Algo que diferencia a un practicante de otro experto en el arte. Aunque ambos hagan exactamente lo mismo, hay una gran diferencia…
Y esa diferencia la marca el trabajo que se tenga en el desarrollo de las posiciones en dinámico.
Decía mi maestro Shi Yan Ao:

"闫家功夫的真谛不是形式,但是 jibengong 工作和重复的基地"
Yan Jia, la verdadera esencia del Kung-fu no está en las formas, sino en el Jibengong, en el trabajo y repetición de las bases”…

Esto puede resultar incomprensible para aquellos que se dedican a recompilar formas y aprenderlas sin más. No es que esto sea negativo en sí, pero cuando les ves demostrar sus formas, notas que falta ‘algo’. Claro, dedican todo el tiempo a entrenar la forma, sin que haya trabajo de base, aplicaciones y comprensión de conceptos que esos movimientos encierran. No tienen estructura interna. Todo es pura –y bonita- fachada. Los hay que incluso mezclan formas de diferentes estilos, sin tener en cuenta que las raíces de esos estilos pueden ser netamente diferentes en cuanto a conceptos profundos. Hablamos entonces del kung-fu deportivo, sin más, perfectamente válido, pero muy alejado del sentido profundo de las aamm chinas. Estos deportistas acaban no teniendo estilo alguno y practican Kung-fu o Wushu de forma genérica. Pero no hay que confundir conceptos y plantearse seriamente si lo que hacen es tradicional o no, que puede serlo, pero desde un prisma muy superficial.
El trabajo de las posiciones en Shaolin es realmente determinante para un posterior desarrollo de todas las demás habilidades psico-físicas. Sin esa base sería muy posible que todo lo demás se convirtiera en una práctica superficial, sin fundamento sólido. Para ello existen diferentes métodos de entrenamiento, casi todos comprendidos en el Jibengong tradicional.
No se puede, por ejemplo, comenzar a trabajar con armas sin que el estudiante haya adquirido una base sólida en sus desplazamientos y conozca la estructura de las posiciones. Tener que estar corrigiendo las posiciones cuando que requiere especial atención con un arma, es harto tedioso y casi inútil. Se acaban acumulando errores graves.
Así pues, el trabajo cotidiano del Jibengong es absolutamente necesario para el correcto desarrollo del practicante. Incluso los maestros más avanzados practican a diario ejercicios en ese sentido.

"只有当你有很好地理解的单词,你可以写一本好书......"
“Solo cuando se tiene un buen conocimiento de las palabras,
se puede escribir un buen libro”…
Continuaba diciendo mi maestro…

La importancia de las posiciones
El correcto trabajo de las posiciones cumple una función bio-mecánica muy relevante, sin la cual, muchas de las técnicas realizadas con el tren inferior (patadas) carecen de los factores necesarios para hacerlas efectivas, sin poner en riesgo nuestra integridad física. También son importantes con el trabajo de brazos y manos, pues sin una buena base, cualquiera de estas técnicas carece de potencia suficiente. También desarrolla sin duda alguna la estabilidad y la masa muscular, creando una estructura fuerte y sólida.

Diferentes posiciones en Shaolinquan
En el Shaolinquan existen un numero bastante elevado de posiciones de piernas, casi todas perfectamente codificadas y estudiadas. Sin embargo, entendemos que el trabajo dinámico hace que sea el practicante el que defina con exactitud los parámetros de sus posiciones. No es lo mismo un estudiante de metro ochenta que uno de metro cincuenta de altura. Proporcionalmente, las posiciones de piernas han de ser iguales, aunque estéticamente difieran en apariencia.
Sin duda alguna, la posición más importante es Mabu, o posición del caballo, que, junto a Gongbu, Pubu y Dingbu, definen en cierta manera la estructura del estilo. En el caso de Mabu, la posición de los pies es bastante amplia, con la pelvis adelantada. Se busca la mayor movilidad posible de la cadera, en todos los ángulos posibles. Y debe ser una posición muy dinámica, a pesar de ser muy bajo su centro de gravedad. Moverse desde ahí con velocidad, precisión y potencia, es pues un duro reto a afrontar por los practicantes del estilo. De ahí, los duros entrenamientos de resistencia, tanto en estático como en movimiento trabajando esta posición.
Los monjes trabajan esta posición colocando un bol con agua sobre la cabeza y había que mantenerla el tiempo que duraba una varilla de incienso en quemarse (unos 20-30 minutos).
Otras posiciones de piernas o corporales, reflejan actitudes determinadas (como chuopabu, o banmabu), que buscan desarrollar habilidades físicas específicas, potenciando grupos musculares muy definidos.

Shifu Israel Armenteros, del estilo Hung Gar










La dinámica
El Shaolinquan se caracteriza –entre otras cosas- por la tremenda velocidad de sus movimientos y los desplazamientos. Esto sin mermar o comprometer en absoluto la estabilidad o el equilibrio de todo el cuerpo y sin perder ni un ápice de la potencia generada precisamente de esa velocidad de ejecución. La translación de la potencia es precisamente uno de los conceptos que se estudian y desarrollan en los entrenamientos avanzados. Esto significa el trasladar la potencia a través de las cadenas cinéticas musculares y articulares de un miembro a otro, sin que haya dispersión de la energía. Esto es especialmente relevante en el trabajo del Xinyiba antiguo, donde la idea de la “energía elástica” (Songjin Qi) y “energía de escucha” (Tan jin) cobra especial importancia.
Teniendo en cuenta las cadenas musculares y tendinosas, el desarrollo de fuertes posiciones es determinante en la mecánica del movimiento corporal. Solo así se pueden generar movimientos veloces y muy estables como los que podemos ver en determinadas formas de Xiangxing (imitación). También una fuerte musculatura de las piernas y cintura permite mayor potencia de salto.
El método
Sin duda alguna, el trabajo de base lo constituye en nuestro caso el Jibengong, una serie de ejercicios codificados y estandarizados de repetición de movimientos que sirven para adquirir la necesaria ‘memoria estructural’ del cuerpo. Estos ejercicios son cadenas de movimientos corporales estudiados con un fin específico y con un sentido definido, que no necesariamente tienen que tener una aplicación real en combate. Deben servir para aprender a situar correctamente las diferentes partes del cuerpo para que bio-mecánicamente tenga mayor rendimiento.
Al mismo tiempo contienen las bases técnicas del estilo, tanto en movimientos de manos como de piernas. Es –metafóricamente- como el abecedario del estilo, con el que posteriormente, debemos formar frases coherentes.
El método de aprendizaje comprende 18 combinaciones básicas, que van desde lo más simple hasta los movimientos más complejos, cada uno enfocado a desarrollar determinadas habilidades, como equilibrio, uso de caderas, etc.
El segundo grupo comprende 12 combinaciones específicas, cada una diseñada para el desarrollo de otras habilidades, como coordinación bilateral, diferentes ángulos, fuerza-relajación, etc.
Cada una de estas combinaciones tiene maneras distintas de ejecutarlas, como por ejemplo el desplazamiento de velocidad, sin perder la altura de la posición, o el trabajo de elasticidad dinámica para mejorar la movilidad de las estructuras de la cadera. También está el trabajo estático, de resistencia que busca desarrollar la musculatura de las piernas. Un ejercicio que además, mejora mucho otras cualidades psicológicas, como la fuerza de voluntad, el aguante, etc.
Errores comunes
Hay muchos errores que cometen los practicantes y sobre todo los profesores al no corregirlos adecuadamente. Dejar pasar los detalles en este trabajo se convierte posteriormente en un doble trabajo de aprendizaje, que puede bloquear el progreso del alumno considerablemente. Veamos algunos de los más frecuentes:
·         Bajar poco las posiciones: esto resta realmente velocidad y convierte cualquier desplazamiento en inestable, además de no potenciar el desarrollo muscular. Las técnicas carecen de potencia.
·         Doblar las rodillas en ángulos inadecuados: esto acaba provocando a medio o largo plazo lesiones tendinosas y articulares, difíciles de tratar una vez que aparecen. Ocurre mucho en Gongbu, donde situamos el ángulo de la rodilla incorrectamente, produciendo una sobrecarga en los ligamentos laterales de la rodilla y un aplastamiento progresivo del asta del menisco externo. El pie debe estar siempre con toda la superficie en el suelo. En Pubu, ocurre algo similar cuando los practicantes tienen poco flexibilidad articular en caderas y bajan la posición elevando el talón del pie doblado, doblando la rodilla en una dirección incorrecta.
·         No apoyar todo el pie en el suelo: a esto se denomina “posiciones aéreas” porque el practicante parece flotar de una posición a otra, sin la más mínima estabilidad. Afecta a la estructura de la rodilla.
·         Uso inadecuado de la cadera: esto genera una falta de potencia y descoordinación de las técnicas de manos. No se puede hacer un uso óptimo de los movimientos y gastamos mucha energía inútilmente.
Otros conceptos
El último apartado, y no por ello menos importante, es la relación psico-somática de las técnicas corporales con nuestra mente, con lo espiritual del Kung-fu de Shaolin. En el Shaolinquan original, aquel enseñado y practicado en el templo, no se disocia la filosofía ni la religión de la práctica física. Todo es una sola cosa. Es más, es precisamente a través de la práctica del kung-fu como se busca alcanzar estados de conciencia más elevados, y esto no podría ser sin ir unido a la meditación y la práctica budista.
El entrenamiento de las posiciones hace necesaria una atención plena, una no-dispersión de la mente. Es tomar conciencia corporal. Es desarrollar nuestras habilidades y cualidades físicas para cambiar nuestra mente y adquirir mayor percepción espacio-temporal y consecuentemente, un mayor equilibrio interior. De hecho está científicamente demostrado que, por ejemplo, los practicantes de Kung-fu –fue el grupo estudiado- desarrollan una mayor rapidez de reflejos motores que otros deportistas.
Por ello, cuando se trabaja a conciencia este aspecto de las posiciones, uno comienza un camino de cambio, tanto físico como psicológico. No es fácil este entrenamiento. Es de hecho muy duro y para muchos, incomprensible e inútil. Simplemente no lo comprenden o no son capaces de soportarlo. Pero si uno persevera, en pocos meses empieza a ver cambios. Tu Kung-fu se ve diferente…
Entonces, se ve Kung-fu de verdad…

Lo demás, es puro deporte… y muchas veces ni eso; un puro e ilusorio baile…
拳以寺名,寺以武名

“Quan yi si ming, si yi wu ming”

“El puño toma el nombre del templo,

 el templo toma el nombre del Wu Gong”