jueves, 14 de septiembre de 2017

Causa - efecto...

La ley de causa-efecto en nuestra sociedad

            Últimamente se están dando numerosas noticias sobre el notable incremento de todo tipo de violencia en nuestra sociedad, paradójicamente llamada civilizada. Una violencia que no por repetitiva y conocida, deja de sorprendernos. Acabo de verlo en las noticias; Unos impresentables matan a un chico de una patada en la cabeza en una discoteca, en medio de varias decenas de personas que no hicieron nada por evitarlo. Para más notoriedad, el tipo que le da la patada, es practicante de MMA.
Atentados en nombre de dioses ilusorios, perpetrados por fanáticos seguidores con las mentes cegadas por la ignorancia, se disparan por doquier sin que nadie pueda impedirlos, el terrorismo va ganando terreno a la libertad porque tenemos – lo queramos reconocer o no – miedo.
Asesinatos, violencia de género, agresiones absurdas, acosos escolares, maltrato animal, violaciones, abusos de todo tipo y en todos los ámbitos. Estafas, robos, intimidaciones, injusticias, etc. Todo parece hervir en un caldero a punto de explotar, y eso sin contar las manifestaciones catastróficas de la naturaleza, en las que en gran parte tenemos algo que ver el ser humano.
La gente anda crispada y salta a la mínima. Por cualquier cosa. El diálogo, la paciencia, la tolerancia bien entendida, se han perdido y parece imperar la idea generalizada de que todo vale y que las cosas no tendrán consecuencias. Hemos perdido el norte en una sociedad que promulga lo mediocre como un logro y tacha de retrógrada cualquier idea de ética y de valores. Cosas de las que luego, cínicamente, nos quejamos de que no estén presentes.
Creo sinceramente que estamos en un estado fallido. Un estado que se supone debe cuidar de sus ciudadanos para que vean sus necesidades básicas cubiertas. Pero el desequilibrio y la desigualdad social son evidentes. Se protegen sin tapujos los intereses de los que más tienen, porque el objetivo, sobre todas las cosas, es mantenerse en el poder. Y el poder se compra y se vende.
Así vivimos en este país, en una sociedad donde se producen una media de 45 intentos de suicidio al día, 10 de ellos con resultado de muerte. Esto debería hacer pensar, de que algo se está haciendo rematadamente mal.
Se pretende educar a los niños sin interferir en su personalidad, alejados de la idea del castigo de cualquier tipo, no vaya a ser que el niño se nos traumatice de por vida. Pero, ¿Cómo se enseña algo a alguien sin interferir? Que me lo expliquen los legisladores lumbreras que en su momento pusieron sobre la mesa, la ley de protección del menor. Simplemente es una quimera, una ley y corriente de pensamiento sobre la educación que se ha visto, ha traído más malestar y problemas que soluciones. Es, de alguna manera una gran mentira e hipocresía social, mantenida por aquellos que se dicen de mentalidad moderna y el silencio cómplice de todos los que la aceptan sin más, por comodidad o por miedo.
Así, creo que los niños de ahora, la juventud –con honrosas excepciones – está perdida, carente de valores, de referencias positivas para desarrollarse como personas responsables. Se habla mal, se escribe peor, se abusa de drogas y alcohol, se esgrimen actitudes muy negativas, no hay comunicación real, se genera una angustia muy profunda y unas mentes dispersas, incapaces a veces de ver dos metros delante de sus narices.
Se nos ha eliminado de la educación básica las asignaturas de humanidades, como la filosofía, las bellas artes, la música, etc. Eso ha conseguido, en apenas una generación, que la gente deje de pensar, de usar el razonamiento, la reflexión profunda, delegando muchas de sus habilidades emocionales y de comunicación en las nuevas tecnologías.
Por ende, nos han instalado en una espacie de “positivismo absoluto negativo”, es decir se inundan las redes de mensajes tipo “tú puedes con todo… puedes sanarte… eres la solución a tus problemas… sonríe y todo irá bien…etc.”, cuando todo esto es muy subjetivo y depende casi siempre de tener un nivel de conciencia mucho más desarrollado. Por lo tanto, son mensajes que no sirven de gran cosa, salvo para hacernos crear una ilusión de la realidad. Y esa continua vivencia en la ilusión de la realidad, genera frustración. Y la frustración genera inseguridad y miedo.
Así estamos alimentando la raíz del problema, en vez de buscar soluciones reales y efectivas. Nos quedamos con las frases bonitas y quizás bien intencionadas, pero poco más. Guardamos todo en el armario del subconsciente, que luego tenemos miedo de abrir, porque sabemos que se nos caerá todo encima.
El desarrollo instintivo del individuo ha desaparecido, en gran parte porque nos hemos alejado de toda educación emocional. No sabemos ya gestionar las crisis, nuestras emociones y nuestros instintos.
El budismo lo expone muy bien en sus enseñanzas; la violencia tiene sus profundas raíces en el miedo, la ignorancia y la falta de educación en valores. Si miramos detenidamente un rato cualquier medio de comunicación, podremos observar cómo todo o casi todo lo que percibimos, está manipulado para encauzar nuestros pensamientos en una determinada línea ideológica, encaminada siempre a eliminar en lo posible el pensamiento crítico y libre y alinear las masas como borregos para favorecer a unos u otros.
Ante semejante panorama, es bastante lógico que más de uno piense en tirar la toalla y rendirse ante esta avalancha de negatividad, que parece no tener solución posible. Dejarse llevar por las circunstancias de la vida, sin tan siquiera tratar de reflexionar y comprender el origen de tanta desdicha. Prefieren que no haya nadie al timón de su barca, de su vida y dejarse llevar por los vientos y tempestades de las circunstancias de la vida. A esto luego llaman destino y resignación.
La inmensa mayoría no es capaz ya de ver y distinguir lo bueno de lo malo, lo positivo de lo negativo, lo correcto de lo incorrecto. Y esto es así porque hemos perdido la perspectiva de comprender las consecuencias que todo acto y pensamiento puede tener.
Veamos unos ejemplos;
Nos quejamos continuamente de la falta de comunicación entre hijos y padres, pero pocos son capaces de entender que darles un teléfono móvil a corta edad está fomentando precisamente esa falta de comunicación.
Vestimos a las niñas con ropas que no son propias de su edad – y en ocasiones ni de adultos – con el pretexto de las modas imperantes, y luego nos quejamos de los acosos y las malas palabras que pueden sufrir.
Fomentamos deportes que en su seno ya tienen una semilla de violencia instalada, y luego nos quejamos de las agresiones y las peleas entre aficionados.
En definitiva, alimentamos por negligencia, ignorancia o dejadez, el origen del problema. Es como criar y alimentar a un tigre sin pensar que, tarde o temprano se hará grande y quizás no podremos controlarlo.
Y luego llegan las consecuencias, que no queremos asumir y que, lejos de buscar el origen, solemos culpar a los demás del problema.


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